La Pena, de Muerte
Conferencia leída en el Ate-
neo de Montevideo por el doc
tor PEDRO FIOARI, el día
4 de Diciembre de 1903.
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Conferencia leída en el Ate-
neo de Montevideo por el doc-
tor PUDRO PIGARI, el día
4 de Diciembre de 1903.
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OaIío 1m de Julio adinero £J
1903
Señoras:
Señores:
Una correspondencia de Lombroso, del genial psiquia-
tra italiano, nos daba cuenta no ha mucho, de lo difícil
que os extirpar los convencionalismos inveterados, las
ideas tradicionales, las convicciones y conceptos corrien-
tes, las sentencias que aparecen axiomáticas al entendi-
miento, aún cuando no hayan sirio sometidas á previo
examen, y asimismo las imágenes, las impresiones sim-
ples una vez que se han cristalizado en el cerebro.
Las resistencias que so ofrecen á toda innovación — que
pueden llamarse de inercia mental — son punto menos
que invencibles. Nada más exacto, ni más evidente.
Tal vez, los autoritarios que pudieran suponerse los
elementos menos evolucionados, á juzgar por la mayor
resistencia q ue ofrecen al empuje de las nuevas ideas, tal
voz ellos tienen más endurecidas ciertas circunvoluciones
del cerebro, que rechazan — empedernidas — todo avance
inicial. Pero todos, todos tenemos un lastre de conserva-
dores tal, que asombra. Si volvemos sobre nosotros mis-
mos, desdoblándonos para practicar una auto-observación,
un Hondajo de reconocimiento, descubrimos, desde luego,
un gran fondo do tenacidad, de empecinamiento, de ter-
quedad en las ideas que hemos almacenado, transmitidas
unas por la acción de la familia, otras por la escuela,
otras por lecturas — las menos por observación propia.
Acordamos un crédito ¡limitado á nuestras fórmulas ¿re-
constituidas, y, á veces, si penetramos más al centro, en
nuestro examen, hallamos además alguna superstición in-
fantil, en plena entraña, á la cual tributamos también los
honores de una fe ciega. Estas adherencias incorporadas á
nuestro cerebro, en las que la conciencia apenas toma in-
tervención, se hallan defendidas á la vez que por su pro-
pia dureza, por el hábito, por displicencia ingénita, por la
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vanidad, por el amor propio, que son sus celosos alabar-
deros.
No es de extrañar, pues, que hallen tanto obstáculo
que vencer, las que intentan sustituir aquellas cristaliza-
ciones de cada masa encefálica, aún cuando ofrezcan en
cambio otros cristales más diáfanos y de mejor calidad;
ni es de extrañar tampoco, que no se haya podido reac-
cionar aún, plenamente, á pesar de los esfuerzos hechos,
desde Beccaria á la fecha, respecto de la pena capital,
que un gran pensador calificó de «sacrificio salvaje, que
no expía nada».
Cuando meditamos sobre los detalles de una escena de
fusilamiento, y tratamos de encuadrarla dentro de la ín-
dole humanitaria de la estructura actual de la sociedad,
hallamos anomalías y antagonismos insalvables; y uno
se abisma al ver cómo ha podido subsistir, por tanto tiem-
po, semejante residuo medioeval. El asombro llega á la
estupefacción.
Pensad un instante sobre el lujo de violencia que im-
plica ese acto de supuesta justicia. La sociedad entera,
con todo su boato de sentimentalismo, de protección á* la
vida humana, de caridad, de asistencia, esa misma socie-
dad con intrincadas instituciones, con formidables recur-
sos, se traba en lucha — ¡qué lucha! — delibera pausada-
mente, y decide en frío, dar muerte á un miserable, — ca-
si siempre un desheredado — que está recluido, indefenso,
dominado por completo, sumido en el más hondo abati-
miento moral, ó sobrexcitado por los aprestos del supli-
cio, y siempre, siempre reducido á la más absoluta impo-
tencia.
¿Por qué fase puede considerarse útil ó dignificante es-
te acto de prepotencia? ¿Quién no se siente sublevado por
esa crueldad — innecesaria, desde que el hombre está re-
cluido — crueldad que troca, por sí sola, en pura mojigate-
ría todo el humanitarismo que exhibe y ostenta ufana la
sociedad? Y uno se interroga íntimamente: ¿No será ésta
la válvula de escape que abrimos á nuestros instintos atá-
vicos? ¿No será el apéndice simiesco, que acusa nuestro
origen pedestre, en medio de los esplendores de una gaz-
moña civilización?
Yo no encuentro manera de enorgullecerme, con la cul-
tura alcanzada, en tanto permanezca de pie — sobre fondo
rojo— el patíbulo implacable, funcionando á nombre de
la más alta entidad social, como cualquiera otra institu-
ción. Como hombre, como miembro de la sociedad, me de-
claro humillado.
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Y, á pesar de todo, contra todas las tenacidades del
prejuicio, la luz se hace paso, si bien con desesperante
lentitud; como quiera que sea, se avanza palmo á palmo,
y si los reductos intelectuales no han podido ganarse por
completo, los del corazón están vencidos.
El sentimiento general de la sociedad, ya es abolicio-
nista. Podemos afirmarlo, sin ser paradojales. Los resor-
tes emotivos evolucionan menos pausadamente que los
del intelecto. Este, no se ha emancipado aún por comple-
to de las sugctividades de la vieja, de la rancia fórmula:
♦cuanto más cruel es una pena, mayor es su eficacia*. Si
acaso este prejuicio no está tan reciamente estampado en
el cerebro, conserva de él algunas huellas. El sentimiento
público, va mucho más allá. Los días que proceden á
una ejecución son de malestar social; el día en que se ve-
rifica el fusilamiento es de aflicción y no desaparecen tan
pronto las molestias, las desazones que promueve ese in-
noble espectáculo.
Nos sentimos oprimidos, disgustados, inquietos á la vez
que el reo entra en capilla. La mente no puede apartar
esa preocupación fatídica. Todos nos sentimos solidarios
de semejante atavismo y nos hallamos aturdidos por bu
resaltante incongruencia, sorprendidos por ese suceso, que
parece cada vez más novedoso, con ser muchas veces se-
cular. Nos pasma pensar que aquello que produce tales
emociones, sea un acto emanado de la ley; y para orien-
tarnos decimos: «es doloroso , mas necesario ».
Si observáramos detenidamente lo que pasa en nuestro
ánimo en tales casos, veríamos que la resSultaatede las ideas
y de la? emociones os la desorientación, algo así como la
angustia dol mareo, del vértigo. Todos anhelamos una
conmutación para eludir ese mal trance.
No nos referimos, naturalmente, á ios insensibles mo-
rales, que no alcanzan á comprender la magnitud de ese
acto social. Ellos permanecen serenos, indiferentes, pro-
curando en la vista do la escena ó en las crónicas, algún
cosquilleo do emoción, imposible para la rudeza de sus
almas toscas. Ellos hasta encuentran á veces disposición
de ánimo para hacer chascarrillos soeces. Pero ni ellos,
ni nosotros, nadie, nadie so siente fortalecido y digni-
ficado por la solemnidad do una ejecución. Nadie se
descubre con respeto, para exclamar: ¡paso á la Justicial
No, los unos cariacontecidos por esta repentina resu-
rrección del más lejano 8traso, y los otros, en medio de
su impavidez moral, plena, buscan algún detalle do sa-
bor silvestre, digno de sus prominentes mandíbulas y se
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echan á indagar, cómo se presentó el reo en la capilla,
cómo ante el banquillo y cómo recibió el fuego del pique-
te militar. Estos, cuando no han podido concurrir á la
fiesta — como van á una riña de gallos ó al juego de los
sortijas — se desviven por conocer los episodios culminan-
tes de la tragedia y también les interesa, especialmente,
saber si hubo ó no necesidad de aplicar el «tiro de gracia»,
ese epílogo al que, con todo sarcasmo, se le ha puesto un
nombre tan inapropiado.
Esa «gracia» actúa con el mismo piadoso fin con que
«iertos paisanos se comiden para «despenar». ¡Hay piedad
y hay de todo, en esa singular institución!
Para las gentes que debieran aleccionarse con el patí-
bulo, si el patíbulo pudiera enseñar algo útil, para ellas
es ésta una escena de corte teatral, malsana. Acuden, con
fruición, á presenciar el suplicio, por completo ajenos al
fin de la pena; para los que no necesitan de esta escuela,
es sencillamente una dolorosa pesadilla.
En París, á las ejecuciones de la plaza de la Roquette,
acudían de todos los extremos de la ciudad y se instala-
ban, desde temprano, para verlo todo. Había mujeres que
pagaban alto un buen sitio.
Con los preparativos de la instalación de la guillotina
que practicaba el verdugo con sus ayudantes, en la os-
cura plaza, á la lóbrega luz de dos faroles de mano — ta-
rea que por sí sola tiene algo ya de siniestro, de fantás-
tico, de macabro — se les azuzaba aún más la curiosidad.
Una vez armado el aparato, sobre las cinco piedras
fijas, que le servían de cimiento — lo que dió margen al
calembour de la place á cinq-pierres — se quedaban á la
espera, comiendo, bebiendo y chanceando, hasta que al
rayar el alba, se les daba el cuasi-neroniano placer de
presenciar la sangrienta tortura.
Y no nos referimos á la fecha en que la multitud ee
impacientaba por un retardo ó se amotinaba por la sus-
pensión del espectáculo; ni á las repugnantes escenas en
que luchaba el verdugo con el reo y á golpes y punta-
piés lo ultimaba, que también entonces, y más entonces
que ahora, se reputaba necesaria y provechosa esa pena,
según la opinión de los juristas. No nos referimos tam-
poco á la época en que se aproximaban á pedir sangre
del ajusticiado, para bebería como remedio maravilloso j
cuando los verdugos vendían la grasa de los ajusticiados.
Mucho más recientes son los bochornos presenciados e*
pleno París. Cuando la ejecución de Troppman, en la
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que á pesar del mal tiempo se juntaron más de 30,000
almas para presenciar el guillotinamiento, hubieron inci-
dentes deplorables. Algunos circunstantes enjugaron
en sus pañuelos la sangre que había salpicado el cadalso.
Un curioso cayó desde un árbol y quedó muerto; hubo
muchos heridos y contusos, y lo que es peor aun, dada
la sobrexcitación del espíritu público, se generaron mu-
chos casos de locura y de manías, como ocurrió en mu-
chos otros casos análogos, según se ha comprobado.
Cuando Pranzini, las turbas cantaban coplas hechas
ad-hoc, con el más repelente descaro. La prensa dio
cuenta de toda clase de ludibrios á que se entregó el po-
pulacho.
El penalista que asistiera á estas reuniones, en que
reina tan insano ambiente, se habría dado cuenta exacta
de la moralidad ejemplar de este suplicio. Cuando la eje-
cución del doctor La Pommeraye, hubo retinados que ce-
naron en la plaza en plcin air , sin que les faltara cham-
pagne! . .
Y hay muchos convencidos aún de la ejomplaridad de
la pena do muerte; hay quienes creen fácil regenerar á la
humanidad por medio de frecuentes ejecuciones, y hay
quienes consideran esto bárbaro y barbarizador suplicio,
como una panacea bendita para reducir el crimen.
Con la hábil y aguda ironía de Alfonso Karr: GV
micnccn los señores asesinos por suprimir la pena de muer-
te, con esta frase, es increíble cuánto se han tonificado
los ya fatigados panegiristas de la pena capital. Una
frase impresionante puede á veces más que un tomo de
demostraciones, porque nadie se toma la tarea de exami-
narla á fondo. Es un precioso comodín do que echa ma-
no el prejuicio, para perseverar en su rutina.
Y, todavía no se ha averiguado, sin embargo, si lo»
grandes crímenes han comenzado de abajo ó de arriba; si
comenzaron los señores asesinos ó los señores tiranos, con
sus patíbulos . . .
La sociedad es siempre solidaria — hasta cierto punto —
de lo que ocurro á sus asociados; del mismo modo que
los asociados son responsables— hasta cierto punto — de
lo que ocurre en la comunidad. No hay una verdadera
solución de continuidad entre el todo social y la parte:
el individuo. Las causas de la ignorancia y de la mise-
ria, que tanto actúan en el crimen, no le son del todo ex-
trañas á la sociedad misma, que tan arrogante se yergue
después para condenar al delincuente. En las filas de la
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ignoraucia crasa, supina, de la nesciencia más estúpida,
es no obstante, donde son reclutados los grandes crimi-
nales. Muchos de ellos no han oído jamás una palabra
estimulante, una noción moral, ni un consejo, fuera del
que le transmite al oído el capellán en los tristísimos ins-
tantes en que van á ser ajusticiados.
Cierto que el impulso inicial — considerado del punto
de vista exterior — lo da el asesino; pero casi siempre éste
se haila estimulado por la acción del medio. En nuestra
misma penitenciaría, he podido convencerme de que hay
muchos que han delinquido por carecer enteramente de
sentido moral, hallándose privados de este bien no por
causas psíquicas sino por causas sociológicas, p )r no ha-
ber tenido oportunidad de formárselo. Entre muchos otros
casos, que podría citar, el siguiente es típico:
Recibí una esquela por la que un encausado me invi-
taba á conferenciar. Me decía que extrañaba mucho sus
«pagos», y era tal el tono de su carta, que pensé en la po-
sibilidad de que el infeliz se hallara en la cárcel por equi-
vocación.
Acudí en seguida al llamado y lo hice traer á mi pre-
sencia. Su aspecto era simpático. Era un joven de ojos
azule3, hermosos ojazos, de cara abierta y franca.
— ¿Porqué está preso?, le pregunté.
— Maté un turco, me respondió.
Había tai espontaneidad en su contestación, tal inge-
nuidad, y tai era su aspecto, que parecía esperar de in-
mediato su libertad.
Al fin, ¡no se trataba más que de un turco!. . .
Me narró los detalles del suceso con toda llaneza, con
la llaneza del inconsciente moral.
Había querido comprar un reloj, y como él no tenía
más que nueve pesos y el bohemio quería once, lo esperó
en un pajonal, por donde debía pasar, le pidió que le
mostrara nuevamente el reloj, y al agachar la cabeza el
pobre hombre, para sacarla correa que sujetaba la caja, lo
madrugó.
— ¿Estaba usted solo? ¿Hubo testigos?. . .
— Sí, señor, un perro.
Bien pues; establecer que de estos «señores» asesinos
depende la reforma penal, como lo pretende Karr, e9 ab-
surdo.
Se presupone una comparación descabellada. Parece
que se hubiera trabado un duelo entre la sociedad y el ase-
sino, que es su más infame residuo. Esto es insensato.
En materia de asesinatos, nos parece que es más juicio-
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so comenzar por suprimir los do la ley, los de la justicia;
y los demás, que sigan su ejemplo.
¿No es absurdo que la sociedad imite lo que condena
tan duramente, corno la peor acción?
La evolución de la penalidad ha ido siempre dulcifi-
cando los castigos. La ley que rige este proceso, puede
decirse que es inmutable. ¡Cuántas razones habrá para
poder imponerse á las terquedades del prejuicio!
Las torturas que se infligían antiguamente, han des-
aparecido una tras otra, y hoy se miran con horror. Así
como la inteligencia humana, antes, se puso á contribu-
ción para inventar los dolores más acerbos, los sufri-
mientos más atroces — con arte refinadamente diabólico —
ahora se ha puesto, por entero, al servicio de la humani-
zación de la pena. En las cárceles, no se infiere más daño
ai recluso que el de la privación de su libertad.
A Guillotín y á Louis se les ha considerado, con toda
razón, filántropos, por haber inventado un instrumento
que abreviaba la ejecución de la pena capital; y este mis-
mo instrumento, que antes se hallaba allá en alto
en la plaza, á la plena luz del sol, fijo, como una ins-
titución permanente, y que funcionaba casi á diario, ha
ido reduciendo su altura, poco á poco, grada por gra-
da, como si quisiera esconderse ó sepultarse; y á la vez,
se ha trocado en un mecanismo do desarme, que se erige
á altas horas de la noche, y después que funciona al al-
borear, entro dos luces, desaparece como si temiera osten-
tarse á la faz del día.
Hace ya tiempo, que dicen los franceses: La guilloti-
ne, o 3 es t faute de micux , v no pasará mucho más, sin que
este instrumento que fue obrado filantropía, sirva como
un anacronismo de museo, cuya sola vista estremece; co-
mo una reliquia bárbara, que atestigüe el impenitente
atraso de la humanidad, aun en medio de una civiliza-
ción magnifícente.
Todos los demás instrumentos análogos que funciona-
ban en la plaza pública, también tuvieron su apogeo, an-
tes de ser repudiados. La nobleza no perdía estos espectá-
culos, ese deleite indecible que le procuraban las muecas
de los pacientes al ser descoyuntados, descuartizados ó
quemados. Todas estas cosas hoy parecen imposibles.
Ahí es la ley evolutiva de la pena.
Ahora se ensaya la electricidad. No pudiendo decidir-
nos aun á tolerar la vida de los grandes criminales, abre-
viamos los procedimientos ¡inútiles devaneos! ¡Como si
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fuera posible hallar un medio tan dignificante, tan hu-
mano, por el cual pudiera el ajusticiado mismo al dejar
la vida, llevar estampada en su retina la imagen de la
magnanimidad social!
Cualquiera que sea el procedimiento, siempre podrá
repetirse el anatema de Víctor Hugo: «La pena de muer -
te es el signo especial y eterno de la barbarie *; cualquiera
que sea el medio que se emplee para atentar al principio
ae la inviolabilidad de la vida humana, así fría y deli-
beradamente, siempre se nos hará recordar la maldad
impasible de los pigmeos africanos. Y á medida que la
cultura avanza, con doble razón .
Inútil es, pues, modificar los medios de ejecución El
que delibera la supresión de un semejante, sea quien sea,
y lo suprime, asesina.
La evolución, como se ha dicho, tiende incesantemente
á despojar de toda violencia á los castigos.
No queda ya más que el patíbulo fuera de la ley y
Ó9te va limitando, de lustro en lustro, su aplicación y su
crudeza.
Son menos cada vez los hechos criminosos que caen
bajo la pena capital.
En 1793, en Francia, eran 115 los delitos que se cas-
tigaban con pena de muerte; en 1810, 36; en 1832, 27;
luego 15, luego 12 y así sucesivamente se han ido redu-
ciendo, al mismo tiempo que eí aumento de indultos ha-
ce menos frecuentes las ejecuciones.
Ocurre otro tanto más ó menos en Alemania, Inglate-
rra, Austria y demás países que aun conservan esta ins-
titución.
En Bélgica, hace cuarenta, años que no se aplica esa
pena, si bien la sustenta la ley.
En 1860, dos infelices, el comerciante Coucke y el la-
briego Goethals, fueron decapitados como reo9 de asesi-
nato en la persona de una señora, la viuda Dubois. Pudo
comprobarse el error dos años más tarde, por confesión
de Juan Bautista Boucher, verdadero autor de aquel cri-
men. Desde entonces no se ha aplicado más.
En Italia tampoco se aplicó la pena de muerte desde
1876, y fué abolida legislativamente en 1889.
.En dicho país, lejos de agravarse por esto la alta cri-
minalidad, ha disminuido; y en Bélgica permaneció pri-
meramente estacionaria, y luego también sufrió un sen-
sible descenso.
En Holanda, Portugal, Rumania, Finlandia, en varios
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estados del norte de Alemania, en varios Cantones suizos,
en varios estados de la Confederación Norteamericana,
en Haití, Nueva Granada y Colombia, ha sido abolida
también la última pena, y no se ha probado que aumen-
tara por esto la criminalidad.
Las tentativas abolicionistas en las naciones que aun
conservan ese resabio, son cada vez más frecuentes y
prestigiosas. En Alemania, Bismark contuvo el triunfo
abolicionista, ya resuelto por una gran mayoría, en el
parlamento. El canciller de hierro pudo imponerse á la
voluntad nacional.
En Francia, se han hecho repetidas tentativas en igual
sentido — diez veces so intentó antes de 1865 y cada vez se
renuevan con más vigor. Muchas Cortes de Casación y la
mayoría de los procuradores generales, se han manifesta-
do favorables á la reforma. En toda Europa, se han he-
cho grandes esfuerzos para obtener la humanitaria refor-
ma. Sólo Grecia y Turquía se han mostrado indiferentes á
este unánime movimiento.
¿Qué significa esto avance creciente del abolicionismo?
¿No os demostrativo y convincente, como la misma evi-
dencia, que está destinado á desaparecer, en breve, ese
espantajo siniestro?
¿No os claro que está agónico ose manequí de paja, de
fusil enmohecido, deque habla Tarde, que cada vez tie-
ne menos ánimo para hacer fuego?
Medítese sobre la forma decreciente progresiva en que
actúa esta institución; piénsese sobre la suerte que le espe-
ra á un órgano que deja cada vez más de funcionar, y se
verá que su atrofia es inminente. Caerá como cae una ho-
ja seca.
Este asunto es demasiado complejo para que, llevados
del prurito de la simplificación de causas, podamos
atribuir á una causa simple las modalidades que pre-
senta.
No puede decirse que el patíbulo actúa y decide prin-
cipalmente del aumento, ni de la disminución de la cri-
minalidad. Muchos otros factores más eficientes inter-
vienen en ese fenómeno social. Esto es ya mucho; pero
hay más.
La historia nos revela la persistencia de la ley que ri-
ge la benignificación de las penas, y á la vez la estadística
demuestra que los delitos de sangre tienden más bien
á sustituirse por delitos á base de fraude.
Si acaso pudiera, pues, generalizarse, cabría decir: «más
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rigor, más crueldad penal; más crudeza, rnás virulenta
criminalidad», y si no podemos dar á este aforismo la
fuerza de un axioma, habrá de convenirse, por Jo menos,
en que si debe atribuirse á otras causas el favorable des-
censo de la criminalidad, no se ha probado que la mitiga-
ción de las penas haya dejado de concurrir á este resul-
tado, y mucho menos se podrá probar, que esa mitiga-
ción constante, aumenta la criminalidad.
Pues bien, nos basta esto solo, para ser decididamente
abolicionistas.
Tiempo han tenido de sobra los partidarios de la pena
capital para ensayar, su sistema y para acopiar demos-
traciones concluyentes.
Ahora debiera imponerse á ellos la tarea de probar la
eficacia de tal institución; y no con afirmaciones dogmáti-
cas, sino con hechos, con cifras, con razones claras, deci-
sivas. Esto es ineludible si quieren mantener enhiesto el
patíbulo. De otro modo, la abolición se impone.
Tan elocuente como la ley de la constante y creciente
humanización de las penas, es la 9erie de triunfos aboli-
cionistas, obtenidos sobre la fuerza resistente de toda
tradición.
Fuera de las aboliciones parciales que van progresiva-
mente excluyendo delitos del castigo capital, en todas par-
tes, ya se ha reaccionado en varios países: en Portugal se
abolió de hecho la pena de muerte desde 1846 y de de-
recho desde 1866; en Holanda desde 1861; en Italia des*
de 1889, y desde 1876 no se aplicaba; en Rumania desde
1864; en los cantones suizos de Neufchatél, Ticino, Zu-
rich y Ginebra del 1868 al 1874; en el Gran Ducado de
Toscana desde 1786 ( ¡ !); en los demás estados que han
abolido la pena capital, hace ya muchos años también que
practican el sistema.
Bastantes ensayos son, pues, también los abolicionistas,
y por un tiempo bastante para demostrar que es una pu-
ra preocupación la supuesta necesidad de la pena de
muerte. Ya habrían vuelto á la vieja panacea si creyeran
que es indispensable el patíbulo para contener el crimen.
Ocurre con esta necesidad lo que con muchas otras,
las de los mundanos verbigracia, que conceptúan la cor-
bata y el carruaje como artículos de primera necesidad,
de perentoria necesidad. Creed, «lo necesario» es casi
siempre reductible. Si examinamos bien, lo que se reputa
imprescindible resulta á menudo superfluo.
Los partidarios del patíbulo se atrincheran en esta afir-
mación: «la pena capital es una necesidad».
— 15
£s otro nuevo paso. Modifican el concepto de lo «eruel-
necesario» por lo simplemente «necesario».
De ahí que se hallen de tiempo atrás empeñados en
la obra imposible de aliviar y abreviar la ejecución; de
humanizarla, en una palabra.
Proponen ahora la aplicación de una ley biológica: lo
inútil se elimina. Lo mismo que expresa la frase corrien-
te, «lo que no sirve, que no estorbe*.
Cierto que también podría decirse del patíbulo: «Proba-
da su ineficacia: suprímase».
La teoría es sugestiva: «hay un peligro social: elimí-
nese»; «un asesino está convicto: elimínese»; «éste es in-
corregible: elimínese».
Tan fácil es hacer esta teorización, como decretar la
felicidad pública, por medio de un úkase.
Eliminar, está dicho; mas ¿cómo se hace? ¿cómo se
elimina? ¿suprimiendo la vida? Fuera de que todavía no
se ha encontrado un medio preciso, efectivo, de diagnos-
ticar la incorrogibiiidad, ni de probar matemáticamente
la delincuencia, pregunto: ¿cómo so quita la vida de un
hombre, sin incurrir en condenable violencia?
¿Cómo se da muerte á un hombre, deliberadamente, á
nombre de la ley, do la justicia, de la más alta represen-
tación social, sin rebajar, sin denigrar á la sociedad
misma?
Por más tranagresor que sea de la ley, el criminal es
un hombre; y ya sea que se adopte, para justificar este
atentado social, la razón del ejemplo, de la intimidación, de
la supuesta necesidad, de la defensa, no deja de compa-
rarse el acto que se castiga, con el acto del que castiga.
Esa desintegración deliberada en meses y años de de-
bates, es forzosamente cruel, y por lo mismo de conse-
cuencias perniciosas.
Hay mil situaciones en que la vida de un hombre es un
peligro ó un obstáculo, mas no so hará por esto la apolo-
gía del homicidio. ¿Cómo podrá exigirse el respeto á la
vida para con el déspota, el tirano, el usurero, el enemi-
go, el calumniador, el rival?
Si la sociedad soberana, llena de recursos, con sobra-
dos elementos de fuerza, con cárceles y presidios, opta
por la supresión radical, ¿con qué autoridad moral podrá
exigir que los elementos inferiores respeten la vida de
los demás, dejen de tener pasiones incontenibles, sacri-
fiquen sus intereses, su tranquilidad, á veces exponiendo
su propia vida, sin darse mejor al cómodo procedimiento
eliminatorio?
¡Cuidado con estos radicalismos!
La eliminación, en teoría, será ideal; en la práctica es
un acto que subvierte todos los principios sobre que re-
posa la sociedad. No hay manera de eliminar por la
muerte sin herir hondamente el sentimiento público y sin
provocar reacciones deplorables, funestas.
La sociedad asienta sobre la base esencial del derecho
á la vida humana. Es el derecho primordial de los aso-
ciados. La propiedad, la libertad, el honor, son bienes su-
bordinados al de la integridad personal; presuponen el
derecho de vivir.
La sociedad no puede prestigiar, ni encarecer esa base
esencial de convivencia, si no comienza por respetar ella
misma, más que nadie, tan supremo bien.
Respecto de los asociados, reconoce el derecho de de-
fensa personal; pero establece condiciones. Entre otras,
es. menester que el agredido se halle en inminente peligro,
para que pueda serle reconocido el derecho de defensa. Si
acaso no está extremadamente en peligro la integridad
personal del agredido, si puede esquivar ese peligro de
cualquier modo que no sea hiriendo, y hiere, la sociedad
lo castiga. Exige que el agredido conserve la misma cal-
ma, la misma prudencia, el mismo aplomo que el juez ó
el legislador, para medir la gravedad de las circunstan-
cias. Uno en su butaca y el otro en una encrucijada.
La sociedad, en cambio, primeramente aherroja, des-
pués da muerte: ¿por qué cambia el criterio de la ley? ¿por
qué tan fundamental diferencia?
No puede ser encarado este privilegio por razón de la
defensa, ni de la necesidad. Es sencillamente porque se
apodera de la persona del asesino, la confisca, puede de-
cirse, y con ella pretende actuar sobre terceros y en su pro-
pio beneficio. Ya sea por vía de ejemplo ó de intimida-
ción.
¿Es justo que se utilice la vida de un asociado, cual-
quiera sea la condición de éste, para obtener con ello tales
ó cuales efectos en la comunidad? ¿quién ha dicho que el
asesino deja de ser hombre, para hacerlo servir como una
cosa cualquiera?
[; Y si acaso fuera enteramente efectivo que es saludable
este sacrificio por el ejemplo, por la intimidación, todavía
podría alegarse una razón de estado; pero cuando es tan
dudoso el efecto favorable de esa violencia social, tal acto
significa doblemente un abuso; tal prepotencia es doble-
mente condenable.
La ley biológica de la eliminación puede cumplirse por
- 17 -
la sociedad sin apelar á esta práctica atávica; el ejemplo
y la intimidación pueden obtenerse seguramente mejor
por otros medios, menos denigrantes, menos abusivos, y
por ende, es menester confesar que si mantenemos el pa-
tíbulo, no es porque nos hallemos plenamente convenci-
dos de su necesidad, sino más bien porque nos dejamos
ir con la costumbre tradicional á son de camalote!. . .
No nos damos la pena de indagar, de estudiar, de me-
ditar; no, lo más que hacemos es buscar una fr^c, una
ocurrencia, un mot de sprit para desentendemos de tal
asunto que no puede afectarnos muy de cerca. Los de-
más... ¡que tallen!
No voy á detenerme á estudiar 91 la sociedad tiene ó
no tiene derecho á privar de la vida á sus asociados, aun
cuando se trate de elementos inadaptables al medio. Esta
demostración me parece lírica, aun cuando fuera fácil.
Cuando se hubiera logrado llevar una evidencia al de-
bate, se nos opondría. . . la prescripción adquisitiva. Ese
«derecho» que se viene ejercitando, hasta con abuso, por
siglos y siglos, ¿quién puede negarlo eficazmente?
Lo que deseamos demostrar es lo innecesario de ese uso
para los fines que se propone la sociedad.
Nada más. Eso . nos basta; y tal vez bastara hacer
constar que los panegiristas del patíbulo no han proba-
do aun su necesidad, ni siquiera su utilidad.
Pero ¿qué inconvenientes hay para que la eliminación,
la segregación, se realice recluyendo perpetua ó indefini-
damente y reduciendo al criminal á la más absoluta im-
potencia? ¿Acaso razones económicas?
¿Podría hablarse, en un país que insume millones en su
presupuesto, de los pocos pesos — si acaso no pudieran
compensarse con el trabajo del recluido — de los pocos
pesos, digo, quo cuesta su manutención y su cuidado,
cuando se trata de hacer un homenaje de respeto á la vi-
da humana?
¿No vale bien tal sacrificio la dignidad social?
No podrá probarse jamás que es menester fusilar y
enterrar á un hombre para que deje de ser un peligro
social. Dentro do cuatro fuertes paredes, con una abertura
defendida por gruesos barrotes de hierro, está tan inofen-
sivo, puede decirse, como debajo de tierra; y entretanto no
se cornete un acto que deprime á la sociedad. Luego, no
es ineludible darle muerto.
¡Guay con la tesis eliminatoria llevada á fules extre-
mos! Véase quo las consecuencias son abrumadoras.
Si se atiende á la tesis de la escuela antropológica,
2
- 18 -
á la tesis de la misma escuela moderna psicológica, que
establece la carencia de facultades inhibitorias en el
criminal; si triunfan los deterministas, no hay distingo
que hacer, entre el enfermo y el delincuente. Si se admi-
te que la voluntad deliberada no interviene en el delito,
si se excluye el libro arbitrio, es tan irresponsable un cri-
minal como un leproso, un tuberculoso, un varioloso.
Y entonces podrá replicarse: ¿son acaso los asesinos,
únicamente, los que ponen en peligro á la sociedad? ¿Y
los contagiosos? Se ha dicho ya, que causan más víctimas
los besos de los tuberculosos, que el puñal de los asesi-
nos. Pasan de mil, anuales, los casos de mortalidad por
tuberculosis, en nuestro país, cifra que supera, varias ve-
ces, á la de las víctimas de asesinato.
Si el derecho de conservación social impera así, en ab-
soluto, y si se atiende á que la reclusión de un infeccioso,
es más peligrosa y más cara que la de un criminal ¿por
qué no habrá de proponerse también, un día, su elimina-
ción? Los higienistas desconocen ya el derecho á la li-
bertad personal de ciertos enfermos; de ahí para adelante
no hay más que un paso.
Se dirá que es inhumano y sacrilego confundir á los
enfermos con los criminales: sea; mas una vez que la
ciencia establezca la analogía délos peligros, ¿quién duda
de que podrá equipararse el remedio?
¡Felizmente los filántropos habrán de convencerse al-
guna buena vez de que no hay manera de «eliminar* de
modo que los «eliminados* se vayan de aquí conmovidos
por la longanimidad social!..
Por otro concepto la ejecución capital es también im-
practicable. Es claro que no nos referimos á la materia-
lidad del hecho. Pasa lo que con ciertas operaciones de
cirugía, que podrían efectuarse fácilmente, á no resultar
inconvenientes y tropiezos graves, más graves que los
mismos que se desean evitar con la intervención del ci-
rujano.
La ley del talión ha sido repudiada universalmente por
su excesiva dureza, como se rechaza el lynchamiento.
La pena de muerte, sin embargo, sobrepuja casi siem-
pre, si no siempre, dichas formas penales.
El asesino sorprende á su víctima y le da muerte. En
la gran mayoría de los casos, ocurre a9Í. La sociedad, en
cambio, aprehende al asesino, lo enjuicia lentamente, lo
acusa, lo condena, lo aherroja, y le dice:
— «Tú vas á ser fusilado. Prepárate».
- 19 -
Ese lujo de detalles, esas horas de capilla, esos prepa-
rativos de ejecución, ¿pueden ser más abusivos é inhu-
manos?
Leed cualquier relato de fusilamiento, observad los
mil detalles que trascienden á la publicidad, y pensad que
esos detalles son cien, son mil veces más espeluznantes
en la realidad misma. ¡No es la simple supresión de la
vida!
Es un rodaje demasiado lento y demasiado cruel. Pri-
meramente los meses, los años de agitación y de zozobra,
mientras se le incomunica, se le interroga, se le confron-
ta con los testigos de cargo, se le lleva de audiencia en
audiencia, hasta que por fin se le condena, en última ins-
tancia. Después que su proceso ha corrido interminables
tramitaciones, después que ha vivido en una incertidumbre
la más inquietante, un día se le notifica la sentencia que
causa ejecutoria. Se le remacha una barra de grillos, ya
definitivamente; se le coloca en una capilla improvisada
y el capellán se pono á su lado.
Allí, imposibilitado de moverse y con guardias, queda
48 horas, cuando no más, descontando instante por ins-
tante, su existencia. Es una agonía á plazo fijo, en plena
salud.
La velocidad con que corren los instantes, cada vez
que se alimenta una esperanza, por débil que ella sea, y
la lentitud de esas horas, cuando ya no se espera, son in-
decibles.
Toda la sociedad con sus prestigios, con sus recursos
y con su fuerza, gravita sobro la cabeza de ese ex mal-
vado, trocado ya en hombre indefenso. Todo lo que lo ro-
dea, tiene un aspecto anormal que le recuerda su próximo
fin: las miradas, los cuchicheos, los extraños movimien-
tos de tanto preparativo; y así pasan las horas, luego los
minutos, hasta que al amanecer, llega el instante de ir
al banquillo. Comienza ú caminar á paso tardo, trabado
por la barra de grillos, llega al sitio, le vendan los ojos
y el piquete hace fuego, ¿qué encontráis en todo esto, vos-
otros, capaz de inspirar otro sentimiento que el de la
conmiseración para el reo y el de protesta para la impa-
sibilidad prepotente do los verdugos?
Naturfllnionte, antes do llegar al banquillo están á ve-
ces muertos por el dolor, y asimismo, deben ir, por sus
propios pies, desdo la capilla al sitio de la ejecución, por
entre la muchedumbre de curiosos que lo espera ávida
de emociones fuertes; debe de ir en busca del piquete
que, con sus armas resplandecientes, ha de herirlo en
pleno pecho.
- 20 -
Forzosamente se genera la compasión, habiendo en-
trañas, pues no puede pensarse ya en la ferocidad de
ese desgraciado que sufre tales tormentos, sin gritar, sin
morder, sin rebelarse contra sus inexorables ejecutores!
Y bien, señores, ¿no és evidente que el mismo asesino
casi nunca infiere á su víctima tanto sufrimiento? ¿no os
parece que la crueldad social supera á la del mismo mal-
vado que se ajusticia? El asesino Anastay se apia-
dó de su víctima así que la hirió. ¡Oh! Esta forma de su-
plicio, pausado y frío, es más cruel que un lynchamiento
y rebasa en barbarie á la ley del talión.
He pensado más de una vez, en la supresión absoluta
de la capilla. Me decía: si fuera posible eliminar, sin apa-
rato, sin imponer tan crueles dolores y torturas, si fuera
posible sorprender al asesino en la cárcel, corno sorpren-
den los asesinos. . . ¡ Vaya ! Se habría devuelto la muer-
te con la muerte, la alevosía con la alevosía. Se habría
cumplido, maB no en mucho sobrepujado la misma ley
del talión.
Pero esto es imposible; es menester imponer la pena pre-
ventiva, con sus inconvenientes; luego la tortura do una
agonía consciente más ó menos larga y luego la muerte.
Esto es irreductible. Son varias torturas sucesivas que.
se aplican previamente al castigo capital, á una pena tan
absoluta como es la pena de muerte. No hay manera de
descontar la prevención; ésta se suma con la pena máxi-
ma á que puede ser condenado el prevonido. Es decir,
dos penas, una relativa y otra capital, absoluta. Dejo de
lado, naturalmente, la ficción antojadiza de que la pre-
vención no .es un sufrimiento, una pena. Hay que man-
tener, pues, el andamiaje viejo, aparatoso, porque de otro
modo las cárceles preventivas serían lugares de terrible
expectativa, de mortales incertidumbres; y no hay dere-
cho para imponer sufrimientos á los que no han sido
condenados.
Hay que aceptar el patíbulo con su lujo de crueldad ó
hay que desecharlo, buscándole un sustitutivo. . . cual-
quiera que sea.
. Yo no haría cuestión sobre esto á base de respetar la
vida, mas sí declaro que iría dentro de la medida posible
al sustitutivo más humano, por lo menos, en una forma
prudente, gradual.
Dentro del estrecho y especial espacio de una confe-
rencia, no me es posible abordar tan arduo y vasto asun-
to por todas sus fases: sólo quiero demostrar aquí lo exce-
sivo del patíbulo.
- 21 —
Una revista científica daba cuenta de este instructivo
resultado:
Las cebras se tenían por indomesticables. Se procedía
á amansarlas por medio del rigor; y cuando so lograba
algún éxito — raramente — era el dominio del domador so-
bre el animal que, casi siempre, quedaba de igual manera
rebelde, indómito para con los demás.
Apenas se cambió do régimen, se palparon consecuen-
cias radicalmente distintas.
Con la dulzura, pocas, muy pocas son las que no llegan
á un estado de mansedumbre, de domesticidad tal, que
hasta los niños pueden jugar con ellas.
Este procedimiento debiera en lo posible extenderse,
tratándose del problema de la educación y de la correc-
ción del hombro que, al fin, no ha de ser más salvaje ni
más indómito que aquella bestia!
Creo firmemente que el rigor penal extremado pierde
su eficacia, y á poco andar resulta contraproducente.
Veamos, ahora, dónde está la supuesta fuerza ejemplar
de 1 a pena de muerto.
En Alemania, Inglaterra, Austria, Rusia, Suiza (Es-
tados que mantienen dicha pona) Suecia, Estados Uni-
dos, (estados que mantienen esa pona) no son públicas
las ejecuciones.
En todos estos países, no creen en la ejemplaridad del
espectáculo; proceden á puertas cerradas tratando de es-
conder en lo posible ese acto de supuesta justicia; y en
verdad, ¿quién puede pensar en la saludable acción de
esa ó de cualquiera otra violencia? ¿Quién puede creer que
una guillotina, un garrote, una hacha, un fusilamiento,
asimismo una electrocución, producen útiles enseñanzas
á la sociedad?
¡Es hasta una afrenta hacer servir esta fuerza nueva
para mantener de pie la vieja institución patibularia!
Si se admito que el espíritu de imitación mueve á la
humanidad, es obligado establecer que se manifiesta más
acentuado en las clases incultas — que son las más nece-
sitadas do ejemplos moralizadores — y habrá de convenirse
en que una sensación de violencia, de crueldad, de dureza
provoca reacciones de igual índole. El hábito de ver san-
gre hace á los hombres insensibles al dolor ajeno, los ha-
ce brutales.
Nadie, nadie de los que presencian una ejecución, sale
de allí enaltecido, moralizado. Esa multitud anónima
que se agolpa alrededor del patíbulo, esos que sólo ma-
drugan el día do una ejecución — ¡sólo ese día pueden dar*
- 22 -
se cuenta de la belleza de una aurora! — han olvidado por
eompleto la cau 9 a del castigo y entienden que el fusila-
miento es un holocausto á la ley, á la justicia, un impues-
to de sangre para alimentar al Minotauro social, y com-
padecen ó admiran al reo, según se presente al sacrificio
resignado, como un mártir, 6 altivo, como un héroe. Nadie
piensa en esos momentos que es la justicia social quien
actúa.
La mayoría de los grandes criminales, va al cadalso
adoptando una actitud girondina. Muchos desean perorar
enfáticamente. Corain leyó una poesía. Poncety Avinain
hablaron á la muchedumbre.
El segundo, tuvo que ser interrumpido por el verdugo,
porque parecía estar dispuesto á hablar extensamente.
Avinain, ceñudo, condensó en una sola frase, un precep-
to hábil y frío de defensa: No debe confesarse la culpa.
«¡Hijos de la Francia, dijo, no confeséis jamás! Eso es lo
que me ha perdido».
Ese feroz asesino, descuartizador reincidente, se creyó
engañado por los maquiavelismos de sus pesquisante?, que
le arrancaron una confesión con promesas; y no reo de
sus propios crímenes. Murió como una víctima de la trai-
ción.
De los nuestros, casi todos han ido serenos al banqui-
llo, con igual entereza, con el mismo valor con que acudi-
rían á defender, en las cuchillas, nuestras libertades pú-
blicas. Si sienten arrepentimiento por su delito, jamás
sospechan que la sociedad es justa, al imponerles una tor-
tura más cruel, mucho más cruel, de la que — ellos, ase-
sinos — impusieron á su9 víctimas.
Otros chancean.
Figuerón durante las horas de capilla jugó al «truco
con versos ¿ con su propio padre, admirando á todos por su
serenidad.
Hay quien, al ser despertado de un profundo sueño,
para preparar la toilette previa al guillotinamiento, como
anduviera tardo, para expedirse, le instaron los verdugos
á fin de que se apurara, pues avanzaba la hora. Amane-
cía.
«No os apuréis, les dijo con toda naturalidad. De todas
maneras — creedme— la fiesta no comenzará hasta que yo
vaya».
Estos relatos que trascienden al pueblo, lejos de pro-
mover ideas morales, forjan la admiración del valor per-
sonal. Al vulgo lo deslumbra ese desprendimiento con
que los grandes criminales entregan su más precioso bien,
su vida.
- 23 -
Aquí nuestros paisanos aplauden y vivan al que mue-
re en el banquillo con entereza. Páez y González, los
últimos fusilados, murieron entre ovaciones estruendosas.
Sería inacabable la cita de casos que revelan la com-
pleta inocuidad del patíbulo para moralizar, para dar
buenos ejemplos á la muchedumbre que asiste al espectá-
culo 6 á los que se deleitan leyendo las crónicas. No, el
fusilamiento lejos de moralizar, barbariza.
El ilustrado Capellán de la Penitenciaría, doctor Loren-
zo A. Pons que asistió á 18 reos en 18 ejecuciones y cu-
ya palabra no puede sospecharse por el doble concepto de
su acrisolada rectitud y de no rechazar en absoluto la pe-
na de muerte, en un reportaje que publicó la prensa, de-
cía:
«¿Qué se consigue, en efecto, con hacer presenciar el
brutal espectáculo por un par de cientos de personas que,
por el hecho de ser invitadas por tarjetas, se suponen se-
leccionados entre personas que no tienen la menor pro-
pensión por los grandes crímenes? Nada más que satisfa-
cer una curiosidad malsana y dar lugar á que muchos
puedan repetir después que han visto matar á un hombro
sin sentir ninguna impresión. . .Por otra parte, se puedo
estar seguro de no asistir á ninguna escena de desolación
entre el grupo de espectadores selectos: hasta ahora no se
ha dado el caso de una exclamación de horror. Los co-
mentarios giran siempre alrededor del mismo círculo: el
mayor ó menor valor del reo. Ni más ni menos que lo que
sucedía en el Circo, entro los romanos. . .
«Para alcanzar esa decantada ejemplaridad del fusila-
miento, se ha recurrido á las ejecuciones al aire libre, en
el sitio de Ior sucesos. ¿Se ha conseguido algo más eficaz?
A la vista están los ejemplos. Los paisanos van á las eje-
cuciones como irían al más sonado de los espectáculos; s#
costean desde leguas, pierden días, cansan caballos, y
cuando llega el momento decisivo, vivan y aplauden. Y
si el reo so ha mostrado demasiado valiente, corre en-
tre las filas algo así como un sentimiento de envidia. . .
Es que el fusilamiento no hace vibrar en ellos más que
la fibra perversa y la fibra bélica! En ciertas circunstan-
cias se han producido hechos que deberían alarmar seria-
mente á los que sacrifican hombres con la vana esperanza
de impresionar á las masas. Cuando el fusilamiento de
Silva, en Soriano, el dueflo del campo en que iba á con-
sumarse, interpretó el hecho como una fiesta preciosa para
sus dominios y para darle más realce, organizó un gran
asado con cuero; y para que no faltara público, se costeó
- 24 -
á invitar personalmente, montado en su mejor pingo y
vestido de poncho blanco.
«El de Picón, en Palmira, coincidió con unas carreras.
Con ese motivo durante las cuarenta y ocho horas de ca-
pilla, hubo mósica, baile, juego de taba, etc., casi á la vis-
ta del reo. Casi en su honor se organizó un asado con
cuero, y, como era natural, se le mandó el mejor trozo al
héroe (le la fiesta, faltando poco para que se cambiaran
notas de felicitación y de agradecimiento. . .Al fusilamien-
to asistió la reunión en masa, y después de consumado el
acto, la reunión en masa volvió al sitio de las carreras,
reanudando sus músicas, sus francachelas, como si nada de
anormal se hubiera producido. Al de Figuerón se trasladó
al sitio del suceso todo el pueblo de Santa Lucía. Como
los coches no bastaban, la mitad del público hizo el via-
je á pie: un fusilamiento no se tiene todo9 I 09 días para
dejarlo de ver por dos ó tres leguas de marcha. Entre los
peregrinos que se impusieron el sacrificio, formaban mu-
chas mujeres y entre éstas, según fué público y notorio, se
contaba un par de docenas de Hijas de María, armadas
de sus respectivos escapularios. Al de Santa Ana, en
Paysandú, asistió tranquilamente casi toda la familia. Pa-
rece que hasta el padre hubo de ser de los espectadores!
Pero de lo que no queda duda es de que aquel buen señor
reclamó en el acto el cadáver, lo envolvió en un poncho
y atravesándolo en un caballo como un bulto cualquiera,
se lo llevó para su9 pagos, tal vez para tributarle los ho-
nores á que se había hecho acreedor por su última hom-
brada.»
Como se ve, no hay absolutamente ningún ejemplo,
ninguna sana enseñanza en tale9 espectáculos, que seme-
jan una fiesta bárbara, más bien que un acto solemne de
justicia social.
Hay quien no falta á las ejecuciones, expresando que
suprimidas las corridas de toros, es menester presenciar
los fusilamientos, si se quieren experimentar fuertes emo-
ciones; y hay centenares de personas que madrugan y ca-
minan para acudir á los alrededores de la Cárcel, donde
saben que no pueden entrar, sin ver nada, sólo por oir la
jye&carga.
Es menester cerrar los ojos del intelecto, para conti-
nuar mistificados acerca de la ejemplaridad de la pena ca-
pital. Desde que se notifica al reo, hasta que se le ejecu-
ta, inútil será querer dar á los detalles un aspecto de gra-
vedad respetable. Todo resulta cruel, refinadamente cruel
y grotescamente pérfido, cuando no repulsivo, repugnante,
- 25 -
— permitidme señoras — nauseabundo, como en el caso de
Vitalino Vázquez en que, por efecto del terror, parece
que la muerte se anticipara. En tales casos, la pena de
muerte es algo indescriptible, es algo que sale de fronte-
ras! ....
[Cuánto más eficaz y más digno es mantener á la so-
ciedad, á la ley y á la justicia, por encima, bien por enci-
ma de todas las cabezas, y especialmente de aquellas que
consideramos despreciables y odiosas al extremo de pen-
sar y resolver su eliminación violenta!
Por mucho que se busque, no se hallarán más que dos
formas para imponerse: por el respeto ó por el terror.
El respeto no se infunde por medios violentos, el terror
no se implanta sin extremar la violencia.
Hay algo que es muy significativo también, respecto de
la ejemplar institución del patíbulo.
El verdugo está desde muy atrás humillado, desprecia-
do, detestado, poco monos que el mismo criminal. En la
opinión pública el ejecutor de la ley, del fallo judicial,
es el personaje más repulsivo de cuantos desempeñan fun-
ciones públicas. ¿Por qué?
Algo tendrá el verdugo, cuando lo maldicen.
Aquella familia francesa de verdugos, los Sansón, que
se transmitieron de padres á hijos, por varias generaciones,
el hábito y la privativa de ejecutores de la suprema jus-
ticia, como podría trasmitirse una corona ó un título, con
pingüe renta, aquella familia no pudo familiarizarse con
su investidura. Los últimos vástagos deseaban la aboli-
ción de la pena capital, para no tener que cumplir ya esa
supereminente función social, aun cuando perdieran por
ello sus entradas. Según sus propias confesiones, sufrían
de insomnio, de inapetencia, de hondo malestar en los días
inmediatos á una decapitación.
¡Curiosos contrasentidos! El verdugo, repugnado por su
S ropia investidura legal y la sociedad, repudiando al ver-
ugo, el que, al fin no hace más que cumplir una misión
judicial, ¡ejemplar! que la sociedad le confía, por medio
de sus altos dignatarios. ¿No es esto bien extraño?
Respecto de la pena de muerte hay una serie de cosas
extraordinarias que se sustraen — sin saberse por qué— á
la lógica que preside los demás hechos sociales. Es cierto
que lejos de rehabilitarse á los verdugos, cada vez seles
mira con mayor repulsión, lo mismo que al patíbulo, el
que, por más fuertes que sean los que lo sustentan, cruje,
tambalea, también cada vez más, y está á punto de de-
rrumbarse
— 26 -
Los que creen que la pena de muerte es eficaz porque
intimida; los que piensan que este es un freno para con-
tener la delincuencia, debieran lógicamente sustentar la
utilidad de las ejecuciones frecuentes. Si se piensa con-
tener el crimen por el terror, por la intimidación, lejo9 de
mitigar los horrores del suplicio, debe optarse por un re-
crudecimiento de torturas y, á la vez, ampliarse generosa-
mente los casos de ejecución. La lógica obliga.
Nosotros creemos que es una ilusión eso de reducir
el crimen por este viejo recurso; creemos más, creemos que
es contraproducente este remedio sin que, para demos-
trarlo, tengamos que acudir al argumento —formidable,
sin embargo — de la comprobación del hecho, de haberse
presenciado ejecuciones por muchos, muchos que, des-
pués, se dieron al asesinato y sucumbieron también en el
patíbulo, en el mismo patíbulo que vieron antes funcio-
nar.
Lo intimidante de la pena, esta falsa apreciación, se
debe á una causa de error conocida.
lái no me acusáis de irreverencia voy á hacer lo que
llaman nuestros paisanos una «mala comparación».
Cuando un avestruz se halla perseguido, acorralado,
como último recurso de defensa, se esconde, ¿sabéis cómo?
Esconde la cabeza debajo del ala y como el pobre zan-
cudo no ve nada, se le antoja que los demás no lo ven.
Nosotros generalizamos, 6in distinguir. Miramos con
horror la posibilidad de ser fusilados, y creemos que to-
dos los demás se hallan dominados por igual sensación
Bentham atribuye á una inadvertencia de los legisladores
la institución de la pena de muerte. Dice: «Los que ha-
cen las leyes pertenecen á esas primeras clases de la
sociedad, en las que la muerte se considera un gran mal,
y una muerte infamante como el mayor de todos los ma-
les. Pero ellos muestran poca reflexión cuando la aplican
á una clase de hombres, desgraciados y degradados, que
no dan el mismo valor á la vida, que temen la indigencia
más que la muerte y que la infamia habitual de su estado
los hace insensibles á la infamia del suplicio». De ahí
que haya pasado en autoridad de cosa juzgada la te-
mibilidad de la pena capital, temibilidad que, entre nos-
*<ftros, por lo menos, resulta enteramente ilusoria.
El doctor Pons, en el mismo reportaje aludido, niega
en absoluto que sea temible el fusilamiento en nuestro
país, y tiene base, por su gran preparación y por el cú-
mulo de sus observaciones, para haber formado juicio au-
torizado al respecto.
- 27 -
Dice así:
« Para mí es un hecho definitivamente averiguado
que nuestros paisanos no le temen al fusilamiento. Que lo
digan Páez y González yendo al banquillo completa-
mente serenos, sobro todo González, pidiendo que no
le vendaran los ojos para ver la descarga, y abriéndose
el chaleco con soberbia, para mostrar mejor el pe-
cho. Pero esos casos, lejos de ser la excepción se re-
piten en todas las ocasiones. Entre los diez y ocho reos
que he asistido sólo he visto un cobarde, Vitalino Váz-
quez,, y ese no era oriental. Entre los otros sólo he podi-
do ver el valor aproximándose á la temeridad, en mayor ó
menor grado. En más de uno, no ha sido posible notar
siquiera, en el instante supremo, una ligera alteración de
pulso. . . Es que los hijos de esta campaña entre los que
aparecen generalmente los grandes criminales — á fuerza
de guerrear y oir hablar de guerras, han perdido el temor
de las balas, y cuando les llega el caso, van al banquillo
con la misma despreocupación con que ¡rían á una guerri-
lla de la que estuvieran casi seguros que no habían de
volver.
«Pero hay más. No sólo van al banquillo sin miedo, si-
no que, perdiendo todo sentido de la realidad, van casi
siempre altivos, como si fueran á un sacrificio honorable,
haciendo alarde de su valor, y como si su puesto fuera
digno de envidia. A Santa Ana, uno de los protagonistas
del drama de Piedras Coloradas, cuando era conducido
en compañía de Correa para el sitio en que debía ser fu-
silado, le salió al encuentro un viejo tío llorando amar-
gamente por la suerte de su sobrino. Pero el condenado
no lo dejó concluir: « ¡No llore, viejo, que los orientales no
le temen á la muerte!. . .» Dijo su frase con tanta energía,
tan convencido de que estaba en un trance que acredita-
ba á la raza, que el viejo se tonificó en el acto y enjugán-
dose los ojos repuso: «Tienes razón, hijo mío, hay que
mostrar que uno es hombre!» Y más tarde el viejo asis-
tió al fusilamiento, completamente sereno, con un gesto
de orgullo que parecía decir: ♦¡Aprendan cómo muere un
oriental, un miembro de mi familia!» Figuerón, en San-
ta Lucía, tomó tan á lo serio su papel de héroe, que al
sentarse en el banquillo pidió, y lo que es más raro obtu-
vo, que se le dejara dirigir una arenga al público, en la
que dijo con lenguaje pintoresco y enérgico que «se iba á
ver cómo moría un valiente». Silva, soldado del l.° de Ca-
ballería, después de haber pasado sus veinticuatro horas
de capilla en una jarana constante, al extremo de admi-
- 28 -
rar hasta á sus compañeros más empedernidos, al verse en
medio del cuadro en que había de acabar sus días, se
despedía de sus amigos con tanto entusiasmo, como si
fuera á sacrificarse por la gloriosa bandera que flameaba
á su lado. Y sin embargo, era un pobre miserable que
algunos meses antes había asesinado por la espalda, ála
distancia, de un tiro de carabina, á un buen sargento, su-
perior 9uyo!»
El doctor Pons propone la sustitución del fusilamien-
to, por la horca. Es así más lógico, una vez que acepta
la posibilidad de detener el crimen por medio del terror.
Como perspectiva lejana — lejana é incierta como es la
posibilidad de ir al patíbulo — aterra, si acaso, más una
reclusión con trabajos forzados, que un fusilamiento. El
valor personal es una cualidad corriente, una supersti-
ción, podría decirse, para nuestros campesinos.
Tal vez si se escudriñara algo más, pudiera comprobar-
se que ese espectáculo — según lo insinúa el doctor Pons —
produce sugestiones de envidia, en la profunda ignoran-
cia, en la perfecta irreflexividad de ese espíritu aventure-
ro de nuestros gauchos. Ellos cambian su vida, diez ve-
ces, por una leyenda al valor, que es la virtud más esti-
mable en el medio en que viven. El honor, la laboriosi-
dad, el amor al estudio, la lealtad, nada valen frente al
valor personal.
Por otra parte, el delincuente es casi siempre un im-
previsor, un irreflexivo.
Si pudiera intimidarle una represión inmediata, algo
así como un lynchamiento, no lo intimida una pena que
viene muy de lejos, y que es problemática. Para los irre-
flexivos, para los imprevisores, la posibilidad de ser ajus-
ticiados allá, un día, no los contiene de las tentaciones de
un delito, como no contiene á un alcohólico, á un morfi-
nómano, de usar del alcohol y de la morfina, la perspec-
tiva de abreviar sus días, ni los dolores y las demás con-
secuencias funestas que los amenazan.
Nuestros paisanos que juegan su vida todos los días,
¿habrán de dejar de sentir las seducciones de un delito,
por la muy eventual y lejana posibilidad de 9er fusilados?
El más timorato, el más aprensivo no se espanta de
un peligro lejano, de un mal incierto que pueda sobreve-
nirle uno, ó dos, ó tres años más tarde. — ¡Para allá me
las den todas!— Aun los reflexivos, difícilmente hacen
previsiones de tan larga proyección; los demás, no pue-
den concebir siquiera — como sensación de realidad — que
el afío que viene ha de llegar de verdad, algún día. Ano-
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ra bien; con esto y teniendo presente que los asesinos
muchas veces exponen también su vida para consumar su
crimen, ¿cree alguien que habrán de contenerse por la
concepción de un peligro tan incierto como remoto?
Aquel que sea capaz de detenerse así, no es peligroso;
es un inofensivo, aun cuando se suprima la amenaza del
patíbulo.
«Una cosa e parlar di morte,altra e moriré», dice el ada-
gio. Esos mismos asesinos que van intrépidamente al
banquillo, ¿habrán de ser detenidos por la simple ame-
naza?
Está comprobado que muchos condenados á muerte no
han pedido gracia y otros han rechazado la conmutación,
ya decretada. De veintitrés condenados á quienes el
rey de Inglaterra conmutó la pena capital, seis rehu-
saron esa gracia. En un estado americano, de dos pena-
dos que pudieron acogerse á una ley más benéfica, uno
rehusó ampararse á esa solución. Muchos son los casos
de este género.
Unos dicen como Cartouche: «Es un mal cuarto de ho-
ra y nada más»; otros dicen: «No es más que un salto,
una sacudida y está todo concluido». Un verdugo, Cape-
luche, condenado á muerte, como su propio ex inferior el
subverdugo no andaba listo para disponer la ejecución,
se hizo desatar, arregló todo, dió instrucciones y luego
se colocó tranquilamente debajo de la cuchilla pa-
ra ser ajusticiado. Un caso análogo es el de un tal
Coonor. — Un ladrón francés, condenado en Rusia, al ser
colgado, como se rompiera la cuerda, exclamó: «En este
maldito país, ni siquiera saben colgar». — Pranzini, al cu-
ra que pretendía consolarlo, lo rechazó con altanería, di-
ciéndole: «Cumpla usted su deber; yo cumpliré el mío».
Son innumerables los casos que patentizan la indiferen-
cia con que miran el patíbulo los grandes criminales. (1)
(1) Rebaudi, «La pena di morte», páginas 45 y siguien-
tes, ha recogido muchos casos interesantes, de los cuales
insertamos algunos:
En Turín, ai día siguiente de una ejecución, se come-
tió un bárbaro crimen.
En Nápoles, después de una ejecución, se multiplica-
ron lo* delitos de sangre.
En Boston, ajusticiado un incendiario, sucedieron va-
rios incendios.
En Milán, pocas horas después de la ejecución de Bog-
gia, dos jóvenes fueron asesinados y saqueados.
- 30 -
Por otra parte, si se observa que c*l número de suici-
dios es siempre mayor que el de los homicidios — eu algu-
nos países hasta diez veces mayor — se concibe que el pa-
tíbulo no puede ser un obstáculo para contener al crimen.
Como dice Lacassagne, muchos suicidas no son más que
criminales modificados por el medio.
El temor á la muerte, pues, no es tan general ni tan
eficaz para reprimir el crimen, como lo suponen los ele-
mentos superiores de la sociedad; y el temor á una muer-
te posible, lejana, es algo que no sienten siquiera los más
equilibrados. ¿Cómo habrá de detener á los que tienen
alma de asesinos?
Según se dijo en la asamblea nacional francesa, los
grandes malhechores tienen algo de común con los hé-
roes: el desprecio á la muerte, por manera que resulta
enteramente ineficaz ese recurso social tan ensayado, co-
mo desacreditado.
Si se advierte que las probabilidades de ser aprehendi-
do y ajusticiado el culpable son tan escasas como son, en
En Glasgow, durante la ejecución de Tomás Temple-
man, ocurrieron robos alrededor del patíbulo, y entonces
los robos se castigaban con pena capital.
Por certificaciones hechas al parlamento inglés, resulta
que habiendo sido ajusticiado un falsario, se consignó su
cadáver á la familia. La policía encontró billetes de ban-
co falsos, que habían escondido en la boca del cadáver.
En la primavera de 1863, dos fueron ajusticiados por
asesinato; en el otoño del mismo año once personas fue-
ron juzgadas por igual crimen, de las cuales cuatro fue-
ron ahorcadas; y antes que concluyera el afío, otros cua-
tro asesinatos conmovían á la población.
En Chattam fué ajusticiado un hombre por haber ase-
sinado á un muchacho; alguna semana después un sol-
dado cometía el mismo delito, y poco después ocurría
otro caso igual.
En 1864, el mismo día en que fué ahorcado Muller,
fué cometido otro asesinato en la misma ciudad de Lon-
dres y otro en la proximidad, en Hatcham.
En Massachussets, el 3 de enero de 1845, un individuo
fué ajusticiado por asesinato y estupro. Pocos días des-
pués, en los alrededores de la misma prisión donde se ha-
bía ejecutado la pena capital, se cometía un asesinato y
un estupro.
Edwards, en 1864 asistió á una ejecución y seis días
después asesinó á su amante.
- 31 -
realidad, resulta cada vez más ineficaz ese espantajo del
patíbulo. La9 estadísticas de otros países dan un promedio
bajísimo de asesinatos castigados. Entre nosotros la falta
de datos estadísticos no nos permite formar opinión al res-
pecto, mas es muy sabido que muchos son los casos en
que los crímenes quedan en profundo misterio y muchos
también los procesos que no ofrecen base, por falta de
pruebas, para dar fallo condenatorio.
Resulta de esto que las probabilidades que cuentan
los asesinos para obtener la impunidad, fuera de cuanto
hacen para quedar á 9U juicio garantidos, hacen que el
temor al patíbulo sea cada vez menor. El patíbulo no
ejemplariza ni intimida.
En el congreso jurídico de Gand, según refiere Rebau-
di, se demostró que sobre doscientos condenados á muer-
te, ciento ochenta habían presenciado ejecuciones.
Berenger, por encargo de la academia de Francia,
hizo una investigación de este mismo género, obteniendo
como resultado que la mayoría de los condenados á
muerte habían asistido á ejecuciones capitales. El doctor
Lifford, jefe de la prisión de Winchester, declaró que de
cuarenta ajusticiados treinta y ocho habían visto ejecu-
ciones capitales.
El capellán Bickersted asegura que los detenidos por
delitos más graves todos han asistido á ejecuciones.
El rev. Roberts, capellán de la prisión de Brístol, de-
claró que 9obre 167 condenados á muerte, á quienes
acompañó al patíbulo, 161 le confesaron haber presen-
ciado ejecuciones.
Sidney Aldennan, en 1848, expresó en la cámara de
los comunes que el gobernador de Newgate, Cope, en su
experiencia de quince años no había conocido un solo
homicida condenado á muerte, que no hubiera visto eje-
cuciones capitales !
Petit, galeote de Brest, había visto guillotinar á un
compañero suyo por un delito que él mismo, Petit, había
cometido. Poco después cayó, reo de un nuevo delito, y
fué ajusticiado.
Tre9 hermanos, los Graft, fueron ajusticiados por dis-
tintos delitos.'
Mullen y Grano, en 1878, en la ciudad de Liverpool,
fueron declarados culpables do homicidio cometido á
puntapiés, y ambos habían tenido un hermano ajusti-
ciado, poco tiempo antes, por homicidio cometido de igual
manera.
El asesino Chretien tenía dos hijos: Pedro, muerto en
- 32 -
presidio por asesinato, y Tomás padre de tres hijos ajus-
ticiados por igual delito.
El mismo autor Rebaudi ciía el caso ocurrido en In-
glaterra, donde entre los espectadores se oyó la voz de
la madre del que iba á ser ajusticiado, que le decía :
— ¡Hijo mío, confío en que habrás de morir tan valero-
samente como tu padre !
Todo esto ¿no revela á las claras que e9 tan ineficaz
el ejemplo como la intimidación que se pretenden por
medio de la pena de muerte ?
Elcy vió ajusticiar á Vary, trepado en un árbol inme-
diato al patíbulo. Poco tiempo más tarde delinquía y era
ajusticiado á su vez en el mismo instrumento. Es un ca-
so muy conocido el de la ejecución de Ruendía en Madrid,
en cuyo acto se acerca un individuo á un gendarme y le
pregunta: «Y bien ¿estás contento de ver morir á éste en
el patíbulo?» y sin esperar la contestación, le plantó el
pufíal en pleno vientre.
Parece que en Inglaterra, el que no perece al primer
golpe en la horca es indultado; y se cuenta el caso de al-
guien que salvó así la vida y la libertad cayendo de
nuevo en la misma horca, por un nuevo delito: ¡prueba
perentoria de su decantada ejemplaridad! Muchos verdu-
gos también delinquieron y murieron en el patíbulo que
habían hecho funcionar ellos mismos.
Por lo demás, en nuestro medio social es donde me-
nos efecto puede producir la amenaza del patíbulo.
Para la complexión psíquica de nuestros gauchos, la
vida no es tan estimable como para los hombres cultos y
conscientes que son, precisamente, los que estudian estos
problemas sociales haciendo auto -psicología, en vez de
observar á los demás, sobre los cuales pretenden actuar.
Por cualquier cosa pelean y exponen la vida, nuestros
gauchos.
He presenciado una reunión en pleno campo en la que
jugaban con todo entusiasmo á «las sortijas». De pronto,
dos se traban en discusión, sacan su9 cuchillos, y en se-
guida sacan sus armas casi todos los concurrentes, bus-
cando pleito, sin causa alguna. Resurgía á la superficie
el instinto bélico de los paisanos.
El desapego á la vida es característico de nuestros
campesinos.
Si así, por cualquier futileza la exponen, ¿habrá de
contenerlos una amenaza como la del fusilamiento?
El efecto intimidante de la pena de muerte, para los
asesinos, es más bien una cavilosidad que un hecho. Ellos
- 38 -
afrontan la muerte con intrepidez. No ya la amenaza, si-
no la muerte misma.
El criminal, por otra parte, confía siempre en la impu-
nidad. Para eso es que premedita, para 690 es que toma
las precauciones que considera indispensables. Jamás
-calcula, seriamente, que va á ser descubierto, y en tal ca-
jo, que va á ser acusado, condenado y fusilado. Por per-
verso que fuere — si es consciente, único caso en pie pro-
cede la pena — se detendría si partiera de la probabilidad
de ser habido, con patíbulo y sin patíbulo. Si es un in-
consciente, un enfermo, un impulsivo, un degenerado, na-
da toma en cuenta y nada lo detiene, una vez que el de-
lito lo obsede.
Para los previsores, para los reflexivos, lo mismo inti-
mida el patíbulo, que un sustitutivo cualquiera; y si aca-
so no se detienen, es porque cuentan que han tomado
precauciones tales, que es imposible descubrirlos.
Es un ca9o típico el de Anastay, que tal vez se decidió á
asesinar, sólo porque estaba seguro de que tomando tales
y cuales precauciones, era matemática la impunidad. Algo
así como un reto á la policía y á la justicia.
He ahí algo bien instructivo.
Lo que indudablemente contiene é intimida mucho
más que la amenaza del último suplicio, es una buena
organización policial. La presunción de ser habidos y
convictos detiene cien veces más, que el bárbaro é inicuo
espantajo de un cadalso.
Por la dignidad humana, pues, por la dignidad social,
bien vale contar mejor que con ese resabio, con una orga-
nización policial modelo, aun cuando tal cosa implique
algún sacrificio para el Erario. Esto, sin perjuicio de un
sustitutivo penal que yo acepto de antemano, como quie-
ra que sea, toda vez que no suponga la violencia, la bar-
barie, la crueldad, innecesarias, ó tal vez, contraprodu-
centes. Tal vez y sin tal vez, por entero contraproducen-
tes.
Marcha por demás despacio la humanidad en cierto
orden de asuntos. Los hay tales que, después de miles
de años, son aun de palpitante actualidad.
Uno de ellos ©9 la pena de muerte. Esta institución
hace siglos y siglos que se ha practicado sin éxito, á juz-
gar por los relatos que se conservan; y todavía se dis-
cute sobre su eficacia, todavía es un problema.
Es creencia corriente, sin embargo, que el abolicionis-
mo es una novedad, sin precedentes, y esto mismo hace
s
- 34 -
que se le mire con recelo, como se mira todo lo descono-
cido. Ya mucho antes de Jesucristo algunos pueblos ha-
bían podido vivir sin infligir esta pena.
En Egipto, según narra Herodoto, (1) el etiope Saba-
con, que reinó allí por cincuenta años, no aplicó nunca la
pena de muerte á reos de un delito capital. Graduaba la
pena por la gravedad del delito y condenaba á los delin-
cuentes á ejecutar obras públicas y á levantar el terra-
plén de la ciudad, de donde eran naturales. Con esto el
reo indemnizaba, en cierto modo, á la comunidad, del
daño que le infligiera. Cita Strabón á dos pueblos que
vivían al pie del Cáucaso, los que se hallaban regidos
por distinta legislación penal. Uno de ellos de cruel pe-
nalidad, y el otro, donde no se aplicaba la pena capital;
y hace notar que eran menos frecuentes los delitos en este
último. En Grecia, antes de Dracón, era menor la crimi-
nalidad, cuando regía la pena de deportación, según
Lactancio. Tito Livio expresa que durante los do3 siglos
de la ley Porcia, que impedía dar muerte á un ciudadano
romano, fué escasa la alta criminalidad en Roma.
Viene luego el cristianismo, cuyo espíritu es eminente-
mente humanitario.
Según la Biblia, Dios ha dicho: «que Caín no sea
muerto, mas sí que conserve álos ojos de los hombres un
signo de reprobación*. Jesucristo, en la montaña, dice:
«que no quiere la 'muerte del pecador sino su conver-
sión». Una y otra cosa, como se ve, condenan la institu-
ción de la pena de muerte.
Los primeros cristianos do asistían jamás al castigo de
loa criminales, aun condenados con arreglo á la ley, pues
se habrían considerado manchados por la vista de la san-
gre. San Agustín no pide contra los que han muerto y mu-
tilado más que la prisión, para conducirlos de una ener-
gía maléfica á algún trabajo útil, y de la vía del crimen
al arrepentimiento.
En la edad media, durante el poder temporal del cris-
tianismo, la Iglesia adoptó este lema: « Eclesia ábhoiret á
sanguino». Las enseñanzas de Jesús imponen este princi-
pio á todos los cristianos.
Pero hay más antecedentes abolicionistas.
En Inglaterra, Alfredo el Grande y Guillermo el Con-
quistador dejaron de aplicar 3a pena de muerte en su rei-
nado, sin exponer, por esto, la paz y la seguridad pú-
blica.
(1) Herodoto, 2.° Libro, tomo l.°, pág. 229.
- 85 -
La emperatriz Catalina II de Rusia, aleccionada por los
veinte años del reinado de Isabel, también implantó, co-
mo ella, la supresión de la pena de muerte, con verdade-
ro éxito. El gran duque de Toscana, Leopoldo, que fué
después emperador de Austria, y Carlos Federico, mar-
grave de Badén y Dourlach, aplicaron la reforma preco-
nizada por Beccaria y fueron felices con ese régimen.
Durante el reinado de Leopoldo hubo muy pocos críme-
nes, poquísimos, y en cambio en Roma, donde se aplica-
ba á la sazón la pena de muerte, hay quien expresa que
ee cometieron sesenta asesinatos durante su estadía da
tres meses en aquella ciudad (1).
Posteriormente, la idea abolicionista toma un grande im-
pulso. Desde luego, en la forma de las aboliciones parcia-
les, es decir, reduciendo los casos de aplicación de la pena
capital. Yahemos visto lo que ha ocurrido en Francia,
donde se han reducido á un ocho ó diez por ciento, en
menos de un siglo, los casos de aplicación, y especial-
mente las ejecuciones, por razón del aumento de «gra-
cias* (quince veces menos en unos treinta años). Bajo la
Restauración, de 1816 á 1880, el promedio de condenas
era de 258 anuales; de 1872 á 1875, ese promedio alcan-
za á 16 anuales. Es casi la abolición total para los efec-
tos de la pena. Una reducción galopante.
Inglaterra sigue sus huellas, y confrontando el quinque-
nio de 1855-59 con el de 1875-79 se advierte un descen-
so elocuente de los delitos sustraídos á la pena capital:
Delitos 1856-59 1876-79
‘ con pona de muerte sin pena de muerte
Robo con fractura (Hou-
sebreaking) ....
3.263
2.263
Robo con fractura (Bur-
gltiry)
2.466
1.650
Incendio
1.013
537
Moneda falsa ....
994
964
Robo de ovejas ....
513
272
Idem de caballos . . .
488
469
Idem de bueyes. . . .
110
91
8.848
6.246
(1) Una gran parte do estos antecedentes los he toma-
do de la notable obra de Lucas: Del sistema penal y re -
presivo , obra coronada en Ginebra y en París, año 1827.
- 36 -
Un ligero aumento en la tentativa de homicidios y en
el rapto siguió, no obstante, paralelo al aumento de po-
blación; pero se tuvieron asimismo 520 delitos menos
después de la abolición parcial, respecto de los delitos
en ella comprendidos.
En la camarade los comunes se recordaba en 1877
que en los últimos tres años, en los cuales el robo de ani-
males era castigado con pena de muerte, hubieron 113
condenas, mientras que en los tres años sucesivos á la
abolición fueron 67 y en el último trienio de 1874 á
1876, á pesar de haberse doblado la población, sólo al-
canzaron á 05 (1).
Esta regla puede reputarse más ó menos general,
Según Mittermayer, uno de los que se convirtieron al
abolicionismo después de haber profesado ideas contrarias,
en el gran ducado de Oldemburgo, donde se abolió la pena
de muerte desde 1849, nadie, ni los magistrados ni los ju-
ristas desean su restablecimiento.
El año 1870 en la Dieta federal de Alemania el señor
Beker, de Oldemburgo, exclamaba: «Nosotros siempre he-
mos bendecido al cielo por haber suprimido la pena de
muerte». (2)
En los estados donde se ha ensayado la abolición to-
tal ó parcial, si no ha disminuido, no se ha demostrado
que haya recrudecido la criminalidad: Finlandia, Sajonia,
Holanda, Austria, Brunswich, Nassau, Anhalt, Wurtem-
berg, Bernbourg, Bremen, Suiza, etc. En Portugal ha des-
cendido notablemente la alta criminalidad.
En Bélgica, un cuadro estadístico del Secretario Supe-
rior del Ministerio de Justicia, demostraba que en los 17
años de 1847-63, hubieron 175 condenas capitales y 40
ejecuciones; en tanto que en los 17 años de 1864-80, su-
primidas las ejecuciones, sólo hubieron 128 condenas, ad-
virtiéndose que en este período aumentó de un quinto la
población. Hay varios años según el cuadro estadístico,
en que es notable la baja de los asesinatos operada des-
pués de la abolición.
El Ministro de Justicia en la sesión del senado belga
de 15 de marzo de 1886, refiriéndose á la pena de muerte
declaró que «esa pena, en Bélgica, no se toma en serio ni
por los jurados, ni por los reos». Saben que no se aplica,
é hizo además cita cíe estadísticas precisas, deduciendo de
ellas las consecuencias siguientes:
(1) Rebaudi. — cPenu di morte», pág. 65.
(2) Rebaudi. — «Pena di morte», pág. 68.
— 37 -
1. ° Que la aplicación ó no aplicación de la pena de
muerte no ejerce una sensible influencia en el aumento de
la criminalidad.
2. ° Que la aplicación de la pena de muerte tiene por
efecto determinar á los jurados á pronunciar la absolución
en una enorme proporción ó á admitir muchas atenuacio-
nes para sustraer á los culpables del patíbulo, (i)
En 1840 se pronunciaron 24 condenas capitales, en
1877 sólo 7 á pesar del aumento de población. En 1840
fueron condenados 139 á trabajos forzados, de los cuales
54 á perpetuidad, en 1877 sólo 33 y 15 á perpetuidad,
cuando ya no se aplicaba la pena de muerte. (2)
Muchos años más tarde el Ministro de Justicia señor Le
Jeunne, más pesimista, en un discurso decía: «Ha quedado
comprobado que la grande criminalidad en Bélgica se
halla estacionaria después de 1831 y que la cesación de
las ejecuciones capitales no ha determinado absolutamen-
te su recrudescencia.» (3) Sin embargo, se ha comproba-
do lo siguiente que es más significativo. De 1841 á 55
hubo 191 condenas por crímenes capitales y 43 ejecucio-
nes. De 1876 á 1890, habiéndose doblado la población y
habiendo cesado Ja aplicación del patíbulo, no se pronun-
ciaron más que 124 condenas capitales. (4) La misma pu-
blicación, según nota de la obra de Prins. «Ciencia Pe-
nal y Derecho Positivo», agrega: En Francia, donde la
población tiende á decrecer y donde la guillotina no ceja,
i a cifra de homicidios aumenta:
1889 372 1893 429
1890 420 1894 441
En el ducado de Weymar se abolió la pena capital
en 1849. La Dieta la restableció en 1856. En 1862 el
diputado Fríes propuso de nuevo la abolición, demostran-
do que desde 1850 al 57, es decir, en un período durante
el cual la pena de muerte fué suprimida, sólo se come-
tieron dos asesinatos, mientras que después de restable-
cida, el número de crímenes ha decuplicado. Ante tal ar-
gumento, la pena de muerte fué otra vez abolida.
(1) «La Independencia Belga», 17 de marzo de 1886.
(2) Benévolo , «La pena», pág. 212.
(3) «Anales parlamentarios» del 3 de mayo de 1893,
pág. 1350.
(4) Adolfo Brancart «Boletín de la Unión Internacio-
nal de Derecho Penal», VII, libro l.°, pág. 45.
- 88 -
De las nueve provincias que forman el reino de Bélgi-
ca, tres— Lieja, Edimburgo y Luxemburgo— abolieron la
pena capital; la primera en 1825 y las otras en 1830.
En Holanda la última pena dejó de aplicarse desde
1860 y se abolió en 1870 legislativamente.
El profesor Modderrnann, Ministro de Justicia, presentó
á la cámara de Jos estados generales en la sesión de 26
de octubre de 1880 este cuadro:
De 1861 á 69 inclusive, condenas capitales ... 78
De 1870 á 79, condenas que antes eran de muerte . 47
Disminución 81
Y agregaba: «Este resultado desconcierta á los que
habían profetizado que la abolición habría tenido un au-
mento de alta criminalidad.» (Relación parlamentaria
de 1880).
En Italia, en 1865, la cámara de diputados se pronun-
ció contra la pena de muerte por 150 votos contra 91,
pero el senado negó su sanción á la reforma. Igual hecho
ocurrió en Suecia en 1867.
Sin embargo, en Italia la pena de muerte fué supri-
mida de hecho desde 1876 y posteriormente en 1889 se
abolió por la ley.
Ya la Toscana venía haciendo ensayos felices desde
fines del siglo XVIII. Con todo, la idiosincracia de ese
gran ducado no es de la má9 dulces, y sobre todo la po-
blación de Lucea.
Benévolo, al hablar de los efectos producidos en Italia
por la abolición, dice: «La pena de muerte se ha suprimi-
do. Ya había sido abolida de hecho desde 1870, y de este
modo la experiencia había podido demostrar que aún sin
ella se podía mantener la seguridad pública y proveer
eficazmente á la tutela de loe derechos. De los documen-
tos estadísticos resulta, como lo hace observar la comisión
del senado en su informe, que de los delitos denunciado»
al ministerio público, los homicidios calificados desde 1879
al 86 representan una progresiva disminución, cuando se
advierte que sumaron en:
1879 1,861
1880 1,671
1881 1,523
1882 1,592
1883 1,444
1884 1,475
1885 1,401
1886 1,302
- 39 -
«Los salteamientos, rescates y extorsiones en que inter-
viene homicidio, también representan una disminución
progresiva, pues son en:
1879 ....
255
1880 ....
196
1881 ....
183
1882 ....
131
1883 ....
113
1885 ....
134
1886 ....
121
«Agréguese á esto que si se observan las causas juz-
gadas en la Corte de Aisises, relativas á homicidios cali-
ficados, encontramos que el total de dichos homicidios
nos da en
1880 948
1881 852
1882 801
1888 816
1884 690
1885 791
1886 796
«Respecto de los robos en:
1880 148
1881 168
1882 119
1883 130
1884 80
1885 91
1886 80» (1)
Es cierto que las cifras estadísticas, como lo dijo oom
ironía de Holtzendorff, semejan á la escritura de las
lenguas semíticas. Deben suplirse las vocales, según lo
anota Tarde; pero no es menos exacto que los apologis-
tas de la pena de muerte, que tienen en usp desde miles
de afíos á la fecha ese eficaz remedio, con tantos y tan va-
riados experimentos practicados, aún no han conseguido
formular una estadística con. . . vocales! Los estados que
(1) Federico Benévolo, «La pena en su desarrollo his-
tórico y racional», 1894, página 311.
- 40 -
han practicado la abolición, en su casi totalidad, en cam-
bio, no han vuelto al viejo régimen, y algunos que habían
reaccionado han optado después, definitivamente, por su-
primir la pena capital. ¡No se dirá que es este un acto de
capricho, de amor propio!
No, es que las oscilaciones de la criminalidad no pue-
den ponerse en la cuenta del patíbulo. Este no ejerce
acción eficiente sobre el crimen, es ineficaz; y entonces
se opta y se debe optar más bien por no deprimir á la so-
ciedad con un acto de sangre y de violencia, que rebaja
el concepto de una entidad cuya reputación hay verda-
dero interés en colocar bien alto. Con los cuerpos de Jos
ajusticiados: decapitados, quemados, estrangulados, mu-
tilados, descuartizados á nombre de la justicia, habría cómo
hacer un osario formidable; amontonados, habría con qué
hacer una montaña, tal vez la más alta del planeta; y uno
se dice: toda9 esas energías humanas aniquiladas ¿si se
hubieran aplicado útilmente no habrían indemnizado una
buena parte de los perjuicios que infirieron á la sociedad?
No en balde fueron las horcas el emblema de la justicia,
como se ha dicho con toda verdad.
G. Tarde contesta las estadísticas con recursos de in-
genio, y á pesar de su poderoso talento no llega á pre-
sentar una sola demostración concluyente; no logra pro-
bar que esas matanzas hayan producido más beneficios
que males á la humanidad.
El eminente norteamericano Edward Livingston al
acompañar el proyecto de código penal de la f uisiana,
donde estudió concienzuda y desapasionadamente la ar-
dua cuestión del patíbulo, se inclina á favor de la aboli-
ción, y dirigiéndose á sus adversarios, les dice:
«Vuestra pena favorita, la muerte, ha pasado por una
prueba larga, frecuente y ya completa. Vosotros mismos
decís que todas las naciones la han puesto en práctica-
desde el origen de la sociedad, y sin éxito, estáis obliga»
dos á confesarlo. ¿Qué pedimos nosotros?: que abandonéiü
un momento la experiencia seguida imperturbablement-
por cinco ó seis mil años, la que habéis modificado de to
das maneras y en toda9 las formas que ha podido inven-
tar el genio de la crueldad, en todas las épocas, bajo to-
dos los gobiernos y que siempre ha fallado á su propósito.
Vosotros habéis hecho vuestro experimento, el que ha re-
sultado á veces fatal á la inocencia, no rara vez favorable
á los delincuentes, siempre impotente para contener el
delito.»
El ilustre miembro del consejo soberano de Ginebra, Mr.
- 41 —
Sellon, al proponer á su vez la abolición reprodujo el in-
forme presentado por Livingston á la asamblea general
de la Luisiana, como el mejor medio de demostrar su con-
veniencia. (1)
Sobre los estados norteamericanos que abolieron la
pena de muerte, Rebaudi ha recopilado las siguientes no-
ticias:
«La pena de muerte fué abolida en Luisiana y en Pen-
silvania y según el testimonio de Livingston y de Brad-
ford, el número de crímenes capitales no ha aumentado.»
Respecto de Rhode-Island el secretario del estado es-
cribía en 1857 que, después de la abolición, habían ocu-
rrido 28 condonas por asesinato, pero tomando la cifra
de condenas pronunciadas bajo el régimen de la pena de
muerte y habida consideración al aumento de población,
éstas deberían de haber llegado á 37, es decir que hubo
disminución de 9.
En 1864 el gobernador de Rhode-Island escribía á John
Bright, respecto de la pena de muerte, abolida en ese es-
tado desde 1852:
«Estoy convencido de que la opinión pública es favo-
rable á la legislación actual y así continuará hasta que
no se pruebe que los crímenes han aumentado.»
En el estado de Connecticut, donde existe la pena de
muerte, en proporción de la población con el de Rhode-
Island y en igual espacio de tiempo, del 1866 al 75, re-
sulta que Connecticut tiene un 62 °/ 0 de homicidios má9
que Rhode Island.
Tarde, que acusa á sus adversarios de no aceptar más
cifras que las favorables á su tesis, al considerar el caso
de Rhode-Island, probablemente no ha tomado en cuenta
la diferencia de población, que es imprescindible para
apreciar estos resultados.
Los estados de Micbigán, Wisconsin, Maine y Iowa
también se muestran satisfechos del régimen abolicionista,
que no ha disminuido la seguridad de la vida de los ciu-
dadanos, en tanto que un senador hablando de Iowa, en
la legislatura, declara que el homicidio ha disminuido,
después de la abolición. Antes era de 1 por cada 800, OuO
habitantes y después bajó á 1 por cada 1:200,000. Ocurre
indagar ahora si en vez de un freno para reprimir el crimen,
no será más bien un estímulo el patíbulo, para azuzarlo.
(1) Edward Livingston, «Legislación Criminal para el
Estado de Luisiana», página 343, tomo l.°.
— 42 —
Los criminóJogos han dividido la Europa en tres zonas
de diversa delincuencia de sangre, considerando el máxi-
mum, el medio y el mínimum que producen de ordinario.
Estas diferencias se han atribuido principalmente á tres
sausas: el clima, la civilización y la raza.
Parece averiguado que los mediterráneos producen ma-
yor número de delitos de sangre; la raza celta es la menos
propensa á ese delito; la mayor cultura sustituye los deli-
tos á base de sangre por los delitos á base de fraude. El
clima también actúa sensiblemente.
Se han clasificado así los estados:
De máxima
Italia. . .
. 96.9
Rumania .
. 40.4
España . .
. 76.7
Austria . .
. 24.4
Hungría .
. 75.4
Portugal. .
. 23.8
De media
Suiza . . .
. 16.4
Bélgica . .
. 14.4
Francia . .
. 15.7
Suecia . .
. 12.9
Rusia . .
. 15.2
Dinamarca.
. 12.4
De mínima
[rían da . .
. 10.8
Inglaterra .
. 5.6
Alemania . . 10.7 Escocia. . . 5.0 (1)
Holanda . . 5.6
Pues bien: en estados de las tres categorías se ha en-
sayado y se practica la abolición, sin inconvenientes,
cuando no con ventajas. Del primer grupo: Italia, Ru-
mania y Portugal; del segundo grupo: Suiza y Bélgica;
del tercer grupo: Alemania y Holanda.
¿No es esto un nuevo argumento que demuestra, cuan-
do menos, la inocuidad del patíbulo para modificar la de-
lincuencia de sangre? Estados de muy distinta complexión,
de diversa cultura, de diverso clima, de distinta raza pue-
den practicar la abolición sin disminuir la seguridad de
la vida de los habitantes; ¿no es esto una demostración
concluyente respecto de que nada hace á la delincuencia
el espantajo del patíbulo?
Admito que la falta de «vocales* en la estadística haga
dudosa la disminución que pregonan los abolicionistas;
mas ningún partidario del suplicio capital ha probado
(1) Nicéforo, «homicidio in Europa».
- 43 -
aúji que la supresión de esa supuesta valla aumentó la alta,
ni la baja criminalidad. Nadie se considerará menos se-
guro en Holanda que en Inglaterra, en Italia que en Es-
paña.
En nuestro país, donde la estadística criminal es algo
más indescifrable que la escritura semítica, pues en ella
faltan las vocales y las consonantes, sólo podemos afir-
mar que son frecuentes los delitos de lesiones corporales,
los homicidios en pelea, etc.; pero nadie se atreverá á afir-
mar que estos delitos pueden modificarse por medio de
fusilamientos más ó menos repetidos. En verdad es cen-
surable que no haya preocupado aún la atención pública
una repartición como es la de estadística criminal.
Como lo hace notar Livingston, (1) si acaso fuera ejem-
plar la pena de muerte, una vez que se repite, el pueblo
se familiariza con ella y sirve más bien para satisfacer
el gusto feroz de los insensibles, y agrega: «Sería de una
gran utilidad, en legislación, averiguar el verdadero origen
de esta atroz pasión de contemplar la9 agonías humanas
y de complacerse con la destrucción de sus semejantes.
No hay nación con este gusto monstruoso, que no haya
deshonrado á la Historia».
De donde ee infiere que este curioso específico para
reprimir y prevenir la delincuencia á título de ejemplar y
temible, si se repite con frecuencia no ejemplariza, y si se
usa de tarde en tarde, no intimida. ¡Extraña peculiaridad
la de esta malaquita primitiva que aún seduce!
En nuestro país, felizmente, son muy escasas las eje-
cuciones. Pueden calcularse en una anual.
El efecto intimídame de este suplicio, pues, resulta por
demás efímero, si acaso pudiera acordársele dicha cuali-
dad. Nos hallamos, en consecuencia, á un paso de la abo-
lición, si no preferimos volver á galvanizar el patíbulo,
casi paralítico, por medio do la electricidad.
Ocurre entre nosotros lo que ya se ha dicho de otros
países que aplican con sobriedad ese procedimiento el imi-
natorio. Confiados en la eficacia del espantapájaros, que
no funciona sino á largas intermitencias, descuidamos
cárceles y presidios, así como los demás elementos de
prevención y de defensa social.
¡Cuánto mejor fuera ocuparnos de estudiar nuestros
problemas penales seria y científicamente, prescindiendo
de este resabio!
¡Cuántas víctimas podríamos tal vez sustraer así al pu-
ñal homicida!
(1) Obra citada, página 68, tomo I.
- 44 -
Para detener los homicidios no basta el patíbulo.
En Brescia, sólo en el afío 1600 ocurrieron 2,000 borní*
cidios en pelea. ¡Y entonces funcionaba eso instrumento!
En Venecia, á pesar del extremo rigor de lo penalidad
en tiempos de la República, había unos 700 ú 800 asesi-
natos anuales, todo lo que, aproximadamente, apenas ocu-
rre en todo el reino, después de suprimida la pon a capital.
En Zurioh, en el siglo XV, fueron ajusticiados 1,138,
el XVI, 572, el XVII, 836, el XVIII, .149, y en el quin-
quenio de 1861-68 sólo se dictaron 4- sentencias capitales,
es decir, á razón de 80 por siglo. Cede el patíbulo y cede
la criminalidad. La civilización influye, á n<> dudarlo, mas
debiera antes civilizar á la pena, que al asesino.
En Baviera, en el distrito de Burgliauson, de 200,000
habitantes, de 1748 a 76 se ajusticiaron 1,100 personas.
Un solo verdugo cortó 1,600 cabezas (1). Hoy so han re-
ducido á cifras mínimas las ejecuciones.
Para que el remedio tenga algún efecto os menester vol-
ver hacia atrás, imitando á Enrique VIII que hizo colgar
á 72,000, ó como la reina Isabel que ajustició á cerca de
90,000 súbditos. De otro modo, la intimidación es una
quimera.
Mas, Víctor Hugo ha dicho: «En todas partes donde la
pena de muerte se prodiga, domina la barbarie; en todas
partes donde la pena de muerte se limita, reina la civiliza-
ción». Y pudo ser aún más radical.
Se hace argumento de que en nuestro país abundan los
delitos de sangre; mas no se advierte que es una muy
ínfima parte de ellos la que puede caer bajo ol castigo ca-
pital y que, en consecuencia, esa modalidad do nuestra
delincuencia no puede modificarse con los fusilamientos,
aun cuando tuvieran alguna eticada para detener el delito,
que no la tienen. Es más fácil esperar que sea contrapro-
ducente este remedio.
Julio Simón dice «que en materia de crímenes atroces,
hay en el patíbulo una especie de provocación; ¿tío sabéis
que en los presidios se enorgullecen de haber estado cerca
de las cuatro gradas á cuyo extremo se encuentra la eter-
nidad?
«Que el patíbulo estimula el crimen, se puede presumir
viendo al populacho amoratado que va á este espectáculo
como á una bacanal. ¿Queréis ejemplos? En 1864, un in-
glés asistió á una ejecución; seis días después daba muerte
á su amante. El mismo día en que Franz Muiler fué abor-
(1) Rebaudi, obra citada, pág. 61.
— 45 -
cado, un asesinato se perpetraba al lado del patíbulo. En
Stokolrao, un obrero asesinó á su camarada, á su regreso
de una ejecución que había presenciado. En 1844, en
Epinal, dos ejecuciones tuvieron lugar; pocos días después,
se cometió un envenenamiento. Mombe, matador de una
mujer y de un niño, fué ejecutado el 5 de agosto de 1869,
seis días después, Troppman comete la serie de sus crí-
menes.
«El espectáculo de la pena de muerte produce efectos
desastrosos, por lo que en muchos países han debido re-
nunciar al escándalo de las ejecuciones capitales públicas.»
Los efectos de la abolición deben juzgarse para cada
país como los efectos del patíbulo. En este sentido, nada
importa que haya mayor ó menor criminalidad. Si no es
eficaz el remedio, ¿qué nos importa aplicarlo ó no? En to-
das partes resultará inocuo.
Creo firmemente que este país es el que menos debe es-
perar del patíbulo, por las especiales peculiaridades del
carácter general de la población, pero nada se puede opo-
ner seriamente, en todo caso, á ensayar la supresión, por
un tiempo prudencial.
Para terminar:
Hay algo más aún, señores, que condena la última
pena.
No os hablaré de la indivisibilidad de esa pena, que no
permite graduar su dureza, según la perversidad mayor ó
menor del delincuente, aun cuando haya abismos, entre
uno y otro, de los que caen bajo la misma férula. Entre
Troppman, verbigracia, y la mayoría de los criminales
decapitados en Francia, por igual procedimiento, con igual
tortura, hay una gran diferencia de culpa.
Me ocuparé sí, — brevemente, porque va siendo ya muy
extensa esta monótona disertación, — y no es el caso por
desgracia, de decir que no tuve tiempo para escribir corto,
me ocuparé, digo, de la irreparabilidad de la pena; defec-
to tan capital como irremediable.
Es corriente pensar que los errores judiciales, en mate-
ria criminal, pueden contarse con los dedos de una sola
mano, siendo así que espanta conocerlos, y abruma el
pensar que muchos se han consumado ó se consuman,
sin poder patentizarlos.
Un despacho telegráfico de Roma, del 8 de septiembre
último, decía: «Por gracia del rey Víctor Manuel III,
fué restituirla boy la libertad, en los presidios de Prócida
y Ancona, á los hermanos Vicente y Rosauro Drago,
-46 —
víctimas de un terrible error judicial. Ambos, conjunta-
mente con otros dos de sus hermanos, Agustín y Antonio,
fueron condenados bajo la acusación do haber asesinado
á un tal Casimo di Marco, de Alia. Agustín, el menor
de todos ellos, sobre quien pesaba la mayor acusación, fué
ajusticiado el 24 de mayo de 1874, proclamando hasta el
último instante su absoluta inocencia, y Antonio moría
pocos meses después de haber empozado á cumplir la sen-
tencia, que lo había condenado á prisión perpetua. El
proceso de los cuatro infelices hermanos fué desastroso,
haciendo deposiciones falsas contra ellos, los testigos que
figuraron en la causa. Ahora, después de 30 aííos, se ha
venido á comprobar la inocencia de osos cuatro infelices,
pues los verdaderos culpables, amparados por la prescrip-
ción, confesaron su crimen. Comprobado o) terrible error
judicial y no pudiéndose anular el fallo dictado por la
justicia, únicamente estaba en el rey el derecho de resti-
tuir la libertad á los dos penados, sobrevivientes al la-
mentable error, y es lo que Víctor Manuel III ha hecho.
La madre de los Drago falleció de pena al poco tiempo
de haber sido condenados sus cuat ro desgraciado < hijos. >
Demasiado á menudo se nos da cuenta do nuevos erro-
res comprobados. Todos son de igual modo impresionan-
tes, todos de lesa humanidad y de corte trágico, acerada-
mente trágico.
Manuel Denfcaro, á quien se le conmutó la pena capital,
por gracia de su majestad, pudo probar su inocencia des-
pués de 20 años de la vida de ergástula!. . .
Leí, no hace mucho tiempo, otro caso lacerante. Era
un penado cuyos sufrimientos morales, durante su condo-
na injusta, lo habían idiotizado. Al salir en libertad — pro-
bada su inocencia — volvió á su pueblo natal al seno de
su familia, donde no halló más la manera de hacer vibrar
las mismas afecciones intensas que lo habían hecho tan
infeliz en el presidio.
Me explico la soltura de estadistas con que algunos
dicen: «¿Y qué puede hacérsele? Ron efectos necesarios
de la falibilidad humana.» — Digo que me la explico, por-
que conozco el abismo que media entre un mal ajeno y
un mal propio. Con los ajen oh todos somos estoicos.
Mas el que pueda interpretar el mundo de los dolores
producidos por los desgraciadísimos yerros judiciales, que
se hallan á granel en los tomos de Kebuudi, ljnllit*r y
Vonoven, Giuriati y otros, tomos que van engrosando suh
páginas de año en año, por lo menos se darán cuenta de
que es ésta, tal vez, la forma niáB aguda du la adversidad.
- 47 -
Para un hombre de bien, para un inocente, es incomen -
surable tal dolor.
Puede juzgarse de esto sin caer en sensiblerías, á con-
dición de no ser insensibles como una peña.
En nuestro país, creemos buenamente estar libres de
semejantes yerros. Tenemos, entre otras peculiaridades
originalísimas, la vanidad de ser infalibles.
No ha muchos años, sin embargo, un ratero, un tal
Cándido Lucadamo, pocos días después de haber salido
de la Cárcel Correccional, donde cumplía una pequeña
condena, se trasladó á Buenos Aires.
La noche anterior á la de su embarque había ocurrido
un homicidio, en una de las calles apartadas de la nueva
ciudad. No hallándose ninguna pista, la policía dió en sos-
pechar á Lucadamo como autor de esa muerte; pero era
imposible avanzar nada sin que volviera al país. Para ha-
cer factible la extradición, la policía hizo declarar á dos
sujetos como testigos presenciales del suceso. El infeliz fuá
extraditado, enjuiciado y penado á quince afíos de peni-
tenciaría. Poco después falleció.
Falleció precisamente en instantes en que varias per-
sonas, en antecedentes del hecho, hasta por indicaciones
é informes de la misma policía que había motivado el
error, nos aprestábamos para buscar un remedio á tai in-
justicia.
La policía había hallado al homicida, al verdadero cul-
pable, y no podía siquiera, ni pudo naturalmente, presen-
tarlo á la autoridad judicial.
Basta pensar en lo fácil que es equivocarse de buena
fe, en la plena inteligencia de que palpamos la verdad
misma, de que hay pruebas claras corno la luz del día,
para temer el error. Para afrontar la irreparabilidad de
esa pena, es menester admitir previamente la infalibilidad
de los jueces.
Sin embargo, dos testigos contestes hacen plena luz
sobre un proceso. Un solo testigo hábil, con indicios que
nunca faltan, decide de un proceso. De un objeto hallado
en el lugar del delito, nadie sospecha siquiera que se ha
dejado allí por otro, que no sea el supuesto delincuente;
y si la pasión publica se excita como ocurre en los más
graves crímenes, entonces todo es posible. La ofuscación
ciega todos los ánimos.
Por eso es peligroso abreviar las causas graves; poroso
es peligroso usar de penas irreparables.
Felizmente entre nosotros no se halla sino muy rara-
mente el tipo clásico del criminal, perverso y . frío. De los
varios delincuentes que debieron ser fusilados con arre-
glo á la ley y que escaparon por alguna razón accidental,
no puede decirse que sean una amenaza, aún cuando no
hacen vida de presidio y se hallan armados y reunidos
en los talleres de la Cárcel Penitenciaría.
Nuestros talleres contienen noventa ó cien penados y
están vigilados por un solo hombre inerme.
Algunos de los grandes criminales, como Cussareto —
penado número 1 — que por faltarle algunos meses para
alcanzarla edad que requiero la ley, no fuó fusilado, ha-
ce veinte y pico de aílos que lleva su condona, sumiso á
la disciplina; trabaja en el taller de herrería y guarda
afección á su familia, á la que le pasa sus ínfimos aho-
rros. Así hay muchos; y si se construyera un presidio
apropiado, es evidente que la seguridad de las cárceles
podría hacerse matemática, á la vez quo se habrían con-
sultado las exigencia de la humanidad sin comprometer
por eso la seguridad de los habitantes del país.
Habríamos puesto una valla á todo error capital.
Bastaría el argumento do la irrcparabiliilad , pues, para
rechazar la institución del patíbulo. Si es cruel aplicar
tan extremo suplicio á un delincuente, es inexcusable por
demás, aplicarlo á inocentes. Ks algo que sobrepasa en
crueldad á cualquier acto do barbarie, á cualquiera injus-
ticia salvaje, aplicar á un inocente ln muerto on forma de
pena máxima infamante.
La opinión pública ya so ha manifestado abolicionista.
Muchos de nuestros pensadores, así como la prensa, en
una gran mayoría, han reconocido que no es necesario
mantener ese resabio; un diario transcribió no ha mucho
un hermoso artículo dol distinguido publicista don Agus-
tín de Vedia. También se (lió la noticia de quo el Poder
Ejecutivo elevaría un mensaje al Legislativo, incluyendo
un proyecto do abolición de la pena capital. Debernos es-
perar pues, que, en breve, nuestro país so hallo también
en el número de los que tributan respeto más acentuado á
la humanidad y á la justicia. Eso abonará nuestra cultura.
Afortunadamente, nuestro primer magistrado antes quo
Presidente, fué un animoso y valiente luchador, empella-
do en las más nobles causas por que puedo bregarse en
un país como el nuestro.
Como periodista, escribió vigorosos artículos contra la
pena de muerte; y con toda franqueza confesó á sus ad-
versarios, haberlo faltado siempre el valor requerido para
presenciar una ejecución. Al hablar do la evolución de la
pena de muerte, decía:
- 49 -
«Del circo romano, las ejecuciones han pasado á la pla-
za pública y de la plaza pública á los patios de la3 cár-
celes, donde cada día se les rodea de mayor misterio. Es
que la pena de muerte se avergüenza de sí misma. Es que
empieza á mirarse como corruptora y desmoralizadora.
Pero una institución de esa naturaleza que se atribuye
una gran ejemplaridad y que no osa ya funcionar á la
luz pública, se condena á sí misma y atrae sobre su ca-
beza la propia pena que ella impone — única ejecución que
miraríamos con placer y consideraríamos como moraliza*
dora».
Señoras:
La mujer no puede manifestarse indiferente á toda obra
debumanidad como es la supresión de la pena capital. Era,
pues, mi intención ofrecer esta conferencia á vosotras, mis
compatriotas, que con vuestras virtudes y encantos ha-
céis inimitable el hogar uruguayo; á vosotras que halláis
estímulos para promover ó secundar toda obra elevada
de caridad, de beneficencia.
La índole del tema y mi natural rudeza que no me per-
mite desarrollarlo en forma digna de la noble faz feme-
nina, me hicieron dudar de la corrección de mi propósito.
Si la aceptarais á pesar de esto, me hallaría doblemente
honrado y complacido; más de todos modos permitidme
contar con vuestra benevolencia proverbial, y aún con
vuestro concurso de prestigios y simpatías en favor de la
obra que patrocino, entre otros muchos. Que pueda el lau-
rel abolicionista coronaros con los demás que os hermo-
sean y os enaltecen.
He dicho.